Urbanas por Albert Alexandre

El otro día llegó a mis oídos una historia. Era Fermín Morales quien la contaba y, aún hoy, estoy intentando discernir si es cierta o es en realidad una pantomima que inventó para dárselas de enterado. Fermín Morales es muy de inventar.

Su historia es una de aquellas historias turbias que llega a la boca de quien la cuenta después de sortear toda clase de niveles y subniveles de la narrativa oral; totalmente mutada y con poca veracidad en sus entrañas. Algo así como la chica que se untó la vagina de mermelada (algunos hablan de nocilla, otros de nata) para que su perro (existen divergencias acerca de la raza del animal) le lamiera los bajos. Un Ricky Martin impávido, observaba a través de la rendija del armario de la habitación cómo la mascota bautizada igual que él daba lametazos al sexo de la joven. Se trataba de un regalo sorpresa que la madre le había preparado a la chica por su cumpleaños. Resultó que Ricky salió del armario y se encontró a su fan más loca gritando: “¡Oh sí, Ricky, chupa, chupa!”

Fermín Morales llegó al bar donde solemos reunirnos los antiguos compañeros de la escuela para rememorar aquellos infantiles años y ponernos al día en lo que respecta a nuestras vidas presentes. Una silenciosa competición de egos en la que hay que demostrar quién ha conseguido desambiguarse más de la mater colegial.

Venía, como siempre, entre altivo y confiado. Se pidió una cerveza en la barra y se sentó con el resto del grupo efectuando los pertinentes saludos y los obligados quetales.

Ahora mismo no consigo recordar el tema de conversación exacto del instante en que Fermín Morales se incorporó, solamente puedo reflotar a mi memoria que, tras unos veinte minutos de palabras intrascendentes, Marga Ruiz estaba hablando de su hermana, Elisa Ruiz, dos cursos mayor y ahora veterinaria.

Según decía Marga Ruiz, en la consulta de un veterinario amigo de facultad de su hermana, habían tenido un caso muy bizarro con una boa y un loco de los reptiles, dueño de una de esas serpientes y otros variopintos animales de escamas.

El hombre llegó un día a la consulta del amigo de Elisa Ruiz con el animalote a cuestas como si fuera una vedet de puticlub pero con traje de oficina.

La boa constrictor se comportaba de forma extraña, cada mañana el oficinista la encontraba recta como un palo al lado de su cama. Temía que pudiera estar enferma, incluso llegó a decir que tenía miedo de que padeciera alguna dolencia en su articulada columna vertebral. El amigo de Elisa Ruiz lo miró con pena, pues el loco de los reptiles procesaba verdadero amor por su boa y le dijo que la serpiente, cada noche, se estiraba al máximo, para comprobar si era más alta que su dueño. Quería, en resumen, comérselo.

Fermín Morales es mucho de inventar y por eso explica buenas historias. Sabe, además, que las mejores narraciones deben dejarse para el final.

Así, cuando aún no habíamos salido de nuestro asombro ante la idea de un oficinista que llora mientras le dicen que debe sacrificar a su boa para que la serpiente no lo mate a él, Fermín Morales tomó la palabra y nos explicó cómo una compañera de trabajo de un primo suyo, después de una cena de empresa harto copiosa, ligó con un tío de la discoteca a la que fueron con los compañeros de la oficina. El tío en cuestión era uno de esos hombres de músculo exagerado que durante la semana sólo conocen el camino de casa al trabajo y del trabajo al gimnasio. Esos tipos que trabajan para poder salir de fiesta y pagar las copas de mujeres de pechos operados y que sudan como cerdos levantando pesas para besarse el bíceps enfrente del espejo.

Esa mujer ligó con el hombre éste y ambos terminaron jodiendo en casa de él. Ella, después, le dijo a quien le contó esta historia, que aquel tío follaba como dios, que con aquellos enormes brazos, la llevaba de un lado a otro y la ponía de mil y una posturas distintas.

A la mañana el tipo tenía que hacer unas gestiones en su empresa y pese a ser domingo debía personarse en la oficina. Por este motivo dejó a la mujer durmiendo y le comentó que cuando se marchara del piso cerrara la puerta con un golpe seco.

Ella estaba sorprendida ante la cortesía matutina de él. Aunque le había dejado las nalgas rojas durante la noche, por la mañana se había comportado como un caballero.

Tres horas después de que el músculos se fuera a la oficina ella salió de la cama, se tomó unas tostadas con mermelada y luego puso las sábanas un poco decentemente. Encendió la televisión, para pasar el rato, deseando que el cachas volviera del trabajo y la tratara nuevamente como a una yegua. Después de un par de programas de asesinatos y pedagogía infantil, vio que él se demoraba en exceso y decidió marcharse.

Todo hubiera quedado en un simple folleteo si no hubiera sido porque después de dejar una nota de agradecimiento en la mesilla de la entrada con su número de teléfono, la cena de la empresa, los roncolas y las tostadas de mermelada se conjuraron para convertirse en un apretón. Sin quererlo lo más mínimo, tuvo que dirigirse corriendo al baño para cagar.

La chica, según dijo Fermín Morales, aunque yo creo que es de cosecha propia, comparaba esa cagada con lo que siente una mujer en el parto. Un rollo muy loco de mezclar la maternidad con la mierda, decía.

Era tal el engendro que analmente había sacado de sus adentros que cuando tiró de la bomba, el nivel de agua empezó a subir y a subir hasta que la masa marrón rebasó los límites del wáter y quedó tendida en el suelo como si fuera el feto muerto de una boa.

Ella miraba aquel espectáculo horrorizada soltando pequeños grititos y dando saltitos espasmódicos. Afortunadamente el agua dejó de arreciar y entonces el tiempo quedó paralizado. ¿Qué hacer con el charco amarillo que se extendía como una mancha de sangre por el suelo?, ¿Qué hacer con el cadáver? Debía pensar rápido si no quería que el macho fogoso la encontrara con ese tinglado montado en su casa.

Se dirigió rápidamente a la cocina, buscó como una loca una bolsa de plástico y cuando la tuvo en sus manos metió el tronco de mierda dentro, luego usó la fregona para borrar los rastros amarillentos, la metió bajo la ducha para eliminar los rastros de orina y finalmente guardó todo en su sitio. Acabó de vestirse, dio un último vistazo al baño, cogió el bolso, el móvil y su chaqueta, y cerró la puerta de golpe.

Fermín Morales puso mucho énfasis en narrar la imagen: Una casa silenciosa, un lavabo oliendo a pino, una tostadora aún caliente y… ¡una bolsa llena de mierda junto a una nota que rezaba:¡Gracias por la noche que me has dado, llámame a tal número!

Todos nos moríamos de la risa. Los amigos presentes en el bar exclamábamos que no era posible lo que Fermín Morales estaba contando. Él, representando una seriedad falsa, nos dijo que se trataba de una historia totalmente fiable. Os juro que es cierto, nos decía. Y añadió que eso no era nada en comparación con la historia que Luis Andés le había contado sobre Romero Gallego.

Ésa es la historia que llegó a mis oídos y que no sé si creer.

Romero Gallego es un amigo del pueblo de Luis Andés, el cuñado del hermano de Fermín Morales. Según cuenta Luis Andés, Romero Gallego trabaja en Madrid limpiando suelos en el congreso. Así de rimbombante, Romero Gallego gastó su tiempo de juventud recorriendo los bares de media península como si fuese un Jack Kerouak castizo y, con treinta años y sin una tía que le fiara, no sabía hacer otra cosa que barrer y fregar. De este modo acabó, por un enchufe extraño, dedicándose a la higiene del congreso.

Coincido mucho con la nota reflexiva que Fermín Morales soltó, de que ningún ciudadano quiere ver cómo sus políticos discuten y sueltan mierda en una sala llena de polvo y mugre.

Era la una y media de la madrugada y Romero Gallego empezaba su jornada laboral nocturna. Cada noche recorría una galería distinta y cada tres semanas debía limpiar la zona donde se encuentran los más altos dignatarios de la política.1

Según Luis Andés por boca de Fermín Morales, a Romero Gallego le gusta entrar en los despachos para sentarse en las sillas de piel marrón perfectamente acolchadas, poner los pies encima de las mesas de madera noble y soltar sentencias como: “Disuelvan la manifestación a discreción” o “Enviaremos tropas a Francia porque me sale de los cojones, por algo soy el presidente de este país”.

Romero Gallego andaba con su fregona súper absorbente por las grandes galerías, cuando de repente oyó un ruido en el despacho más importante del congreso. Aunque Romero Gallego haya sido en sus tiempos un tarambana, según Fermín Morales confirmó, es, a día de hoy, un acérrimo creyente de la política y la nación. Por este motivo cuando escuchó que algo acontecía en la habitación más importante de la patria, respiró profundamente y se armó de coraje. Si tenía que recibir un balazo en el pecho porque uno de los ladrones se ponía nervioso, lo haría con honor. Es más, si tenía que delatar al candidato de la oposición porque robaba documentos confidenciales del hombre más importante del país, lo haría, por mucho dinero sucio que le ofrecieran por cerrar la boca.

Tomó su fregona como si fuera un arma y sigilosamente se dirigió hacia el despacho. A medida que avanzaba, los extraños sonidos se hacían más perceptibles. Se situó enfrente de la pared de madera y clavó su oreja en la cerradura para determinar la naturaleza del enemigo con el que se enfrentaría. Romero Gallego no tenía miedo, en los muchos bares que había pisado durante su juventud había tenido que lidiar con toda clase de tipos dispuestos a romperle una jarra de cerveza en el cráneo.

Alzó la fregona húmeda como si fuera un jugador de béisbol, se distanció de la puerta y… ¡PUM! dio la mejor patada que tenía guardada en su repertorio de golpes y puñetazos.

Todos los amigos en el bar nos quedamos de piedra cuando Fermín Morales hizo una pausa y sorbió largamente su copa de cerveza.

-Y ¿qué? ¿Qué pasó? ¡Cuenta!

-¡Tranquilos!

Todas las miradas estaban puestas sobre él. Incluso una oreja perdida de la mesa más cercana a nosotros escuchaba atentamente.

Fermín Morales retomó su historia: Allí estaba la estampa más extraña que uno puede imaginarse. La segunda mujer de la nación, medio sentada encima de la mesa totalmente desnuda, mientras el primer hombre de la nación, arrodillado y vistiendo la segunda equipación del portero de la selección, le lamía los bajos. En la mesa, en forma de polvo blanco, los restos de una fiesta de la nariz. En el aire, los gritos femeninos de la segunda mujer del estado: “¡Oh sí, Iker, chupa, chupa!”

El tiempo quedó paralizado. Como un delincuente pillado, Romero Gallego dejó lentamente la fregona en el suelo y con la misma pausa cerró la puerta. Romero Gallego sigue trabajando con el digno sueldo de un diputado y el primer hombre y la segunda mujer siguen gobernando a sus anchas.

Ésa es la historia que no consigo creer.

De todos modos, me parece que cocaína, sexo, fútbol y política son conceptos que cazan tan bien que es difícil negar todo ápice de realidad a los acontecimientos narrados por Fermín Morales.

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