Una madre singular por Laura Sánchez

Mi madre siempre se desvivió por mí. Llevaba tanto tiempo queriendo abrazar a un hijo, que no puso ninguna pega al verme por primera vez en el centro de adopción.

Aunque varios años después, para mi sorpresa, me confesó que aquel día se había asustado un poco al descubrir mi pelaje; pero que en seguida dejó de importarle. Me dijo, textualmente, que mis aullidos solitarios le habían llegado al corazón.

Por entonces, yo era muy retraído, supongo que porque llevaba años deseando que alguien se fijara en mí y me adoptara. Pero desde el primer día que entré en casa, puse todo mi empeño por complacerla. Hinchada de orgullo, me presentaba a sus amigas como «mi cachorrillo querido». Organizaba fiestas de disfraces a las que invitaba a todos los niños del barrio para que aprendiera a relacionarme. Trabajaba dos turnos seguidos para atiborrarme a comida —con las madres ya se sabe—. Y, a pesar de que siempre estaba agotada, los fines de semana me llevaba a la montaña para que correteara libremente hasta caer rendido.

Era una mujer singular; pero con ella nunca te aburrías. Un día le dio por insonorizar las paredes del comedor, según dijo para no molestar a los vecinos las noches de luna llena. Nunca olvidaré el momento en que, antes de morir, me pidió que me alimentara de su cuerpo hasta que encontrara otro modo de hacerlo. Ella siempre tuvo un humor muy particular. Y, aunque creía que ya me había acostumbrado a sus excentricidades, aquel día consiguió sorprenderme de verdad.

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