Un borracho cualquiera por Roser Martínez

Yo, hombre creador de gloriosas teorías literarias que inundaron en su día revistas especializadas, debates literarios, estantes de librerías y presentaciones pretenciosas. Me encuentro esclavo de la barra del bar. Cómo llegué aquí, por la coincidencia  más lamentable jamás vivida.

Un día, al enjuagarme la boca después de mi cepillado nocturno, hecho metódicamente diez minutos después de la cena, justo el espacio de tiempo que precisaba para recoger los platos sucios y lavarlos. Encontré, entre los residuos espumosos, producto del dentífrico friccionado contra la superficie dental expulsada, un poco de sangre, sorprendido por ello decidí inspeccionar el agujero oscuro que es la boca, dándome cuenta de que entre muelas la encía sangraba. Consulté a especialistas, dos o tres o más, no recuerdo bien. Ellos, estupefactos por la levedad del hecho me enviaban a casa a la mínima de cambio. Alguno, hasta me miró con desprecio, ese desprecio despectivo que aparece hacia el neurótico hipocondríaco, sujeto que los médicos tratan a diario, mirada de alerta a que no volviese a poner los pies en su consulta, perdiendo toda posibilidad de negocio, ya que mis encías no dejaron de sangrar. Probé  todo tipo de enjuagues, me cepillaba los dientes cada media hora combatiendo placas y bacterias. Dejaba a mis alumnos en clase en medio de debates interesantes y salía cinco minutos  para el baño, cepillo en mano y al mirarme en el espejo encontraba el dichoso rojo entre blanco. Así que volvía al dentista, pero al entrar por la consulta toda sangre degustada  por el roce de la lengua con los dientes desaparecía, como si mis encías supiesen que se les iba a castigar con el más fuerte de los castigos, pues aparentaban lo que no eran en la más cobarde de las mentiras. Cada día sangraba más, no dormía por las noches, pues soñaba que me quedaba huérfano de dientes y que mi lengua huérfana de sus huesos vecinos huía con ellos. Ya no podía hablar, reír o comer sin obsesionarme el hecho de abrir la boca frente a mis colegas, ellos verían la sangre, poco a poco se apartarían de mi, de mis teorías, de mi persona. Y si a mi lengua le daba por convertirse en un cuenco creador de mal aliento, qué pasaría en las clases con los alumnos, me motearían como el profesor come palomas, come ratas o peor aún, come mierda.

No podía sufrir estar en mi piel teniendo esta boca, así que harto de remedios sin mejoras, decidí hacer gárgaras con alcohol, eso curaba las heridas – o eso decían- y fue resolutivo, o mejor dicho era resolutivo,  al principio duraba dos horas el efecto, lo justo para poder dar las clases. Hasta llegué a tener una transparencia encima de mi horario que me marcaba como podía intercalar las horas universitarias con la higiene bucal. Pero esto duró poco, en la estupidez del estresado empecé a tragar el alcohol que lavaba mis encías para ganar tiempo de mi vida y eso me llevó hasta esta barra.  Mis salidas al baño cada vez eran más frecuentes y mi vista nublosa también, ya no me preocupaba por que los alumnos pasaran a motearme come mierda, tenían un mote mejor, el borrachuzo rojo. Mi cara blanca y de piel fina sumamente seca siempre se ha esforzado en mostrar mi estado, de adolescente no podía acercarme a ninguna niña atractiva sin que ésta estallara en el rojo de la virilidad. Así que terminé solo, se apartaron de mi, de mis teorías y de mi persona. Dejándome una jubilación no muy ostentosa que aún me mantiene. Ahora soy un especialista en bares, de todo tipo: los elegantes o chics parecidos a bistrós parisinos, a los que solo puedo entrar una vez, pues a la segunda me echan a patadas; los pos-modernos – porque hay bares que también lo son- que me acogen con los brazos abiertos, ellos leyeron mis teorías y se aprovechan de mí como mono de feria, quizá les agrade el verme borracho, pues todo tipo de vida vale para ellos; los bares negros,  que como si los hubieran sacado de una novela negra o una película policíaca se encuentran en ellos espías, investigadores privados, detectives y policías corruptos, todo un zoo donde yo sobro, sus miradas me dicen que nunca saben de parte de quién voy y se ven inseguros frente a mis desafiantes ojos; pero mi favorito es el bar de toda la vida, ése que se encuentra en la esquina de nuestras calles, el que admite borrachos des de las seis de la mañana hasta las doce de la noche, mientras te comportes y ocupes un lugar en la barra tranquilo, sin molestar a la clientela. Te reservan el sitio si vas frecuentemente y depende de cómo termines por la noche te llevan a casa. Mis encías ya no sangran pero mi vista no ha vuelto a ser nítida y mi hígado me controla, pues me saluda a cada minuto. He pensado en ir al médico, pero tengo pánico a que mi cuerpo mienta y mi hígado y mi vista vuelvan a ser los de antes al entrar en la consulta.

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