Schaufensterpuppe por Toni Carrera

Hoy han empezado las rebajas de otoño. Mario necesita imperiosamente unos vaqueros, o al menos de eso lo ha convencido María, su pareja. Después de comer en su casa, Mario se ducha, se viste con los vaqueros que siempre se pone, se reúne con María en casa de ella, cogen juntos el autobús y llegan al centro.

  Allí no cabe ni un alfiler. Edificios, vehículos, árboles, postes, estatuas, músicos, actores, bailarines, pordioseros, jóvenes que reclutan a comisión contribuyentes para alguna ONG y muchos, muchos consumidores en potencia ensombrecen cada centímetro de la calle, y mira que hoy luce un sol estupendo. Mario y María se agarran de la mano para no perderse —y porque se quieren mucho… muá-. Parece él más agobiado que ella:

  —Cariño, ¿y si tomamos algo y después nos ponemos con las tiendas?

  —Ni hablar —responde ella—. Sólo son unos vaqueros. Nos lo pulimos en nada. Entonces, eh, si aún te apetece, nos tomamos los algos que tú quieras —y de repente deja de mirarle a los ojos y suelta—: ¡Pero mira qué monada de falda!

  María se despega de Mario y se dirige al escaparate donde está expuesta la falda. Él consigue seguirla, pero le cuesta hacerlo como si remontara unos rápidos embutido en la armadura de Sir Lancelot. Al llegar, Mario abraza a María por detrás y ella le pregunta qué opina de la falda. Se quedan mirándola. Mario siente indiferencia por la falda, aunque dice:

  —Pues sí que es mona, no está mal. A ti te quedaría bien.

  —¿Verdad? —María se acomoda en los brazos de Mario, sonriente—. Lo que no veo por ninguna parte, cariño, es el precio. ¿Y tú? Están los carteles girados, ¿te has fijado? ¿Cuánto crees que costará?

  Mario comprueba en efecto lo que acaba de decirle María sobre la ausencia de precios y sobre los carteles escritos al revés, como en una ambulancia. Aun así, respondiendo a lo que preocupa a María, le dice que no tiene ni la más remota idea de cuánto vale la falda. A Mario le preocupa otra cosa:

  —¿Pero crees que aquí tendrán vaqueros de hombre?

  —No tiene pinta —responde María—. Vamos, cariño. Si quieres, puedo volver mañana con Alfonso —Alfonso, para no confundiros, es el amigo homosexual de María—. A él le encanta ir de compras —añade.

  Pasaremos por alto lo que piensa Mario mientras prosiguen de la manita. Muá. Ahora intentan no separarse demasiado de la costa, yendo de tienda en tienda como si el arroyo estuviera a eso de desbordarse. Al llegar a cada negocio, lo que hacen es amorrarse en el escaparate; si allí ven algo semejante a unos vaqueros (en la mayoría de escaparates lo ven), entran, preguntan y Mario lo descarta al instante, porque él anda buscando una especie de vaqueros que se encuentran en peligro de extinción: unos vaqueros comunes. Desde que ha empezado a caer la tarde, cosa que no le ocurre a María, los zapatos a Mario le parecen hechos de cemento.

  —Mira —le dice María cuando ya es del todo oscuro—, allí seguro que tienen vaqueros.

  Y se dirigen juntos a la tienda en cuestión. Está al final de la calle, junto a aquella estatua de hierro de Alguien Famoso sentado en un retrete. En el escaparate, una vez llegan, ven un perchero con un montón de chaquetas de caballero y unos jerseis de dama. Hay hojas secas por el suelo evocando que es otoño en la ciudad. Una pequeña farola ilumina el maniquí de una chica y también el de un chico. El de la chica ya os explicará Alfonso mañana cómo va vestido, pero el del chico lleva una camisa blanca, un pañuelo rojo atado al cuello, una chaqueta de ante marrón, un cinturón de serpiente y unos vaqueros comunes que captan la atención de María y también la de Mario.

  —¿Qué te parecen, cariño? —le pregunta ella—. ¿Te gustan?

  Pero, vaya, Mario debe querer cerciorarse bien, antes, de entrar, en la tienda, y buscar, los vaqueros, de su talla, y hacer cola, en los probadores, y toda la pesca. Se parecen mucho a los viejos vaqueros que tanto se pone, pero hay algo que a Mario no le va.

  —¿Mario?

  Mario no responde. Sólo está pendiente de los vaqueros que lleva el maniquí, del cinturón de serpiente, de su chaqueta de ante marrón, del pañuelo rojo en su cuello de pega. Mira sus ojos postizos y le parece que buscan su persona. Ahora, la estatua de Alguien Famoso sentado en un retrete no se está moviendo menos que Mario. Éste se ha quedado con la boca un poquito abierta, abrazado a María como si tuviera raíces, con la mirada helada en los ojos pasmados del muñeco. Mario siente de un sofoco que María tampoco se mueve. El maniquí pestañea. Mario intenta hablar en vano. Intenta chillar y también es en vano. El maniquí se frota los ojos, da un paso al frente y se queda mirando a María y luego otra vez a él. El maniquí de la chica se acerca del mismo modo, también los mira a uno y a otro y entonces los dos muñecos se tocan, se miran, se abrazan. Sonriente, la muñeca habla. El maniquí del chico le responde. Entran de la manita en la calle para preguntar a la estatua por los vaqueros de Mario.

[revista completa]

Submit your comment

Please enter your name

Your name is required

Please enter a valid email address

An email address is required

Please enter your message

Acrocorinto © 2018 All Rights Reserved

http://acrocorinto.com/wp-content/uploads/2011/12/acrocorinto3.jpg

Designed by WPSHOWER

Powered by WordPress