Repostería estructural por Aina Sau

Su bigote puntiagudo le molestaba hasta límites insospechables, pero su voz grave y rugosa compensaba esto y sus malas costumbres, el miedo a mirar a las mujeres a los ojos, o la manía de perderse en desiertos infinitos en los momentos más inoportunos. Ella poseía una gran belleza, difícil y ácida, algo escalofriante. Llovía. La verdad, la lluvia siempre le pareció tentadora, ya se sabe que lo mojado posee un atractivo especial, una mezcla de romanticismo y rebeldía. Así que por no dejarse llevar por sus fantasías empapadas inventaba mil y una estrategias para mantener la mente ocupada, o más bien, desocupada de él. Cuando se le acababan los recursos, hacía pasteles, y entre tanto dulce siempre encontraba un poco de sosiego a toda la acritud que la rodeaba. El mejor momento era cuando enterraba sus manos en la masa, y entonces notaba cómo todo su cuerpo se hundía con ellas, sintiendo el delicado y suave polvo de la harina, la viscosidad de la mantequilla, la minúscula rugosidad de cada grano de azúcar… Los más sabrosos eran los pasteles de domingo, ya se sabe que siempre tienen ese toque especial que sólo la melancolía en pequeñas dosis les sabe dar. Era sólo una pequeña intuición, pero presentía que esta vez el pastel podría que- darle demasiado dulce, pues él estaba más presente que nunca en cada gesto mecanizado y experto, en cada gramo de masa espesa y elástica, en el calor del horno, hasta en las cáscaras de los huevos. No podía permitírselo. Añadió otro limón e intentó centrarse en su color amarillo chillón, un color brillante y egoísta. Como él. Si siguieran amándose, las piedras de su casa irían desprendiéndose del cimiento poco a poco y, discretamente, huirían en busca de algún río de agua fría y pura. Las gotas de la lluvia caerían con tanta fuerza que harían de sus tejados coladores, y en vez de sillas, flores azules. La mesa un estanque de agua límpida y transparente, en total armonía con la blancura de la nieve, al lado izquierdo del salón, donde poder reposar los pies fatigados de tantos mediodías. Una puerta de hielo sólida y perfecta sería la única entrada a este mundo tan pulcro y cristalino, un oasis en medio de todo el caos asalvajado que lo peina todo allí fuera, bajo los rayos de un sol grande y desproporcionado.

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