Primer premio del Concurso de microrrelatos de Sant Jordi, por Jordi Sellarès

Un cielo plomizo, como de ceniza, se extiende inabarcable ante mí, cargado de una atmósfera amenazante. Todavía no ha anochecido pero allí a lo lejos se divisan tenues las luces de algunas chozas esparcidas por la sierra. El viento sopla ululante, arrastrando olor a fuego. Y parece cercano… Siento el vello que se me eriza por todo el cuerpo mientras empiezo a andar de nuevo con pasos desesperados. A mi alrededor es todo polvo y hierbajos secos, pues la tierra aquí se muere de sed como murió ya hace mucho mi montura. Paso tras paso voy adentrándome en una desolación, cruel inmensidad sin visibles rastros de vida. Por aquí, no hay dónde guarecer, dónde refugiarse. Me siento desnudo, olvidado en medio del vacío donde el tiempo parece haberse detenido. Allá lejos, al otro lado de la sierra, se oye retumbar el trueno, sus ecos me llegan como si fueran los tambores de toda una compañía de infantes apunto de cargar en un campo de batalla celestial. No sé si estoy soñando… Los árboles secos parece que acompañen mi paso con burlona reverencia, como riéndose de mí a mis espaldas, cada vez más claramente. De repente, tras un montículo veo la escena grotesca, tres hienas peleándose por la osamenta ya desvencijada de lo que fuera acaso un ternero, acaso otro miserable animal. Sus ávidos ojos recaen en mí, ya a medio desfallecer.

Recuerdo la emboscada, acantonados entre dos riscos sobre la carretera principal, pertrechados para lo que había de ser una fácil tarea. Todo debía salir bien. No contábamos con que nuestro objetivo, el convoy del correo de la tarde estaría mejor pertrechado que nosotros, que en medio del caos de polvo, gritos y disparos mis compañeros estarían ya medio muertos antes de que pudiera darme cuenta. Sólo pude huir hacia el este, la estepa, lo desconocido.

Los últimos cartuchos disparados por mi arma no han amedrentado a las hienas. Su risa demoníaca se oye cada vez más cerca. Inútilmente rebusco en los bolsillos un último cartucho, un último hálito de esperanza, algo, pero todo es inútil. Parece que será así como moriré, devorado vivo como la más ruin de las bestias. De pronto encuentro otro cartucho sin disparar, desesperado lo inserto en el cargador y con las hienas a menos de diez metros disparo casi a ciegas, sin pensar.

Un estallido de luz iluminó aquel recodo del terreno, pero el proyectil no salió. La risa desesperada del que se sabe muerto se mezcló con las de sus verdugos.

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