Momentos bestias por Alessandro Ulivieri

«Si prefieres quedarte ahí sentado, si no te atreves a abrir esta puerta… ¡momentos bestias!» Así cierra Joe Crepúsculo su tercer disco, “Chill Out” (Mushroom Pillow, 2009). Licenciado en filosofía, Joël Iriarte se define como trovador techno: armado hasta los dientes de cacharrería analógica – acompañado por la guitarra de Sergio Thelemáticos en los directos, hoy más conocido por su proyecto SVPER –, el Crepus escabechina la cotidianidad desde la ironía – última fuerza motriz –, cantándonos interrogantes que apuntan a nuestros enigmas. ¿Qué aguarda tras esa puerta que tanto tememos abrir? ¿Será porque ya sabemos qué nos espera? Y si se trata de un enigma resuelto, ¿a qué se debe esta fatal atracción? ¿Será porque tras ella se esconde un viejo conocido?

La atracción por lo salvaje, por lo visceral y por lo bestia es connatural al hombre, porque de éste siempre queda una parte por conocer. Lejos de agotarse en los relatos míticos, sembrados de ritos ancestrales que buscan respuestas a la angustia frente a lo extraño y la muerte en la magia, tal ánimo nos asombra y arrolla día a día en nuestros deseos; deseo de conocer no tanto qué será de nosotros, sino más bien qué es aquello de nosotros que, pese a resultarnos familiar, todavía ignoramos. Quizás la clave se encuentre en esta pseudo-familiaridad: tan familiar nos es nuestro cuerpo, que basta ver alguna de sus partes fuera de cuadro para sentirnos petrificados ante eso que nos pertenece y que está en nosotros, pero aparece falto de sentido: desde el romanticismo, las artes demuestran ser el vehículo idóneo para trasladar la sombra que acompaña toda figura.

 

El magnetismo que nos arrastra hacia lo desconocido tiene tanto que ver con el deseo de omnipotencia del pensamiento, el cumplimiento instantáneo de nuestra voluntad y el «baile de los muertos» como con la experiencia de la alteridad que ello implica: anhelamos cualidades que no pertenecen a nuestro constructo cultural y que buscamos en el instinto animal; atributos y formas que no son simétricas a nuestra finitud y contingencia, o lo que es lo mismo, qué se halla al otro lado del espejo. Tanto se ha escrito sobre las pugnas entre Apolo y Dionisos, luchas que acontecen en nuestro interior y que sólo se resuelven en el intelecto: ¿será porque la entropía es la ley que rige el universo? Siempre que terminamos la copa miramos con soslayo el hielo del fondo y esperamos que vuelva a flote, rellenándola de spirituosen.

 

Cada sorbo es un paso más hacia la madriguera, hacia desdibujar los límites que imponen los sentidos, hacia aquellos sueños y odios que creemos proyectar hacia los demás y de facto revierten sobre nosotros mismos. A cada sorbo, a cada raya buscamos la humana necesidad de situarnos al otro lado y creer que escapamos del mundo codificado y sus leyes – escritas, sociales, moralmente reprochables –, en un nuevo eje de coordenadas, caduco, pues sabemos que esa locura tiene un principio y un fin. Los afters son un buen ejemplo de momentos bestias: en ellos se funda una comunidad espontánea, donde la magia de los lodos y la barra libre de sensaciones une más que la más preciosa sortija. Los participantes nos reunimos frente a este crucigrama moderno aspirando sombras, compartiendo sin tiempo un paréntesis en el simulacro que se adentra más en el mundo interno que en el externo y que nos da la vuelta como un calcetín. Y es que en Berghain no hay espejos.

 

Sin espejos no hay reflejo. El doble es un motivo común a todas las tradiciones literarias, pues permite fantasear con la imposibilidad de ver la alteridad en un idéntico. ¿Pero quién es el extraño? ¿Quién es el amo? ¿William o Wilson? ¿Jekyll o Hyde? En el doble reconocemos todo aquello que está en nosotros, pero hay algo más. El doble está tallado a nuestra imagen y semejanza, y también calca nuestro interior. Y aún y así nos inquieta y angustia: en la representación y observación de uno mismo atribuimos a este “yo” ajeno todo lo que surge en la autocrítica. Por ello no hay peor mal rollo que contemplarnos cuando más fuera de nosotros estamos: en la superficie reflectante emerge la caricatura que nuestros demonios dibujan. Consciente e inconscientemente. Dicen que una mano lava la otra, y que ambas se lavan (¡o emborronan!) la cara.

 

En la época de su reproductibilidad, el arte halló en el cine una forma de fijar en una película fotosensible la imagen en movimiento. El cine, como toda actividad artística, tiene el reto de captar y combinar la cara y cruz del hombre: lo bello y lo bestia, lo diáfano y lo opaco, extraño, siniestro. Desde La salida de la fábrica hasta Lynch, la cámara registra aquello que acontece en un espacio y un tiempo determinado. El reto está en recrearse en ese universo figurativo escapando las convenciones, sin llegar a polarizarlas. ¿Qué ocurre cuando somos nosotros quienes nos situamos frente a la cámara? En Arrebato, Zulueta experimenta con lo que él llama el «embrujo del cine»: la cámara termina por ganarle la partida al individuo que se sitúa ante su objetivo, quien dichoso, fantasea con la unidad del sueño. Lejos de serlo, en el rollo quedan registrados nuestros augurios, recuerdos y miedos, que campan a sus anchas durante el reposo del cuerpo. Tras varias sesiones, el inconsciente hechiza definitivamente la imagen, atrapándola, haciéndola desvanecer, dejando de ser.

 

Si todo cuerpo con masa proyecta una sombra al exponerlo a la luz, más nos vale aprender las formas de las sombras chinescas si queremos salirnos con la nuestra. Ya lo decía el Crepus: «si buscas dentro de tu corazón, tal vez se abran muchas otras fuerzas». ¡Momentos bestias!

 

Para saber más:

Escohotado, Antonio. “El pensamiento prefilosófico: ritos, leyendas y mitos”. Web. “Los alucinógenos y el mundo habitual” web.

Freud, “Lo siniestro” (1919). Web.

Trías, Eugenio. “Lo bello y lo siniestro”. Seix Barral, 1982.

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