Memorias heliográficas por Martí Llorenç

Fotografiando desde una ventana.
“Coloqué el aparato en la habitación donde trabajo, frente al palomar, con los batientes bien abiertos. Realicé el experimento a partir del procedimiento que tú conoces, mi querido amigo, y vi sobre el papel blanco toda la parte del palomar que podía divisarse desde la ventana, y una leve imagen de los batientes que se encontraban menos iluminados que los objetos exteriores. Se distinguían los efectos de la luz en la representación del palomar hasta el marco de la ventana. Esto no es más que un ensayo imperfecto; la imagen de los objetos era extremadamente pequeña. La posibilidad de pintar de esta manera me parece poco más o menos demostrada; y si consigo perfeccionar mi procedimiento, me apresuraré  haciéndotelo saber, en el sensible interés que me demuestras. No me oculto en absoluto que hay grandes dificultades. Principalmente para fijar los tonos, pero con trabajo y mucha paciencia se pueden hacer muchas cosas.”
Así cuenta Joseph Nicèphore Nièpce en una carta dirigida a su hermano Claude, uno de sus primeros experimentos fotográficos con una pequeña cámara oscura de fabricación propia. Esto ocurría a principios de Mayo de 1816. La ventana era la de su estudio, en Le Gras, su casa de campo de Saint-Loup de Varennes, cerca de Chalon-sur-Saône, en el este de Francia.
Interesado por la litografía, un invento nuevo en la época y la reproducción de grabados mediante la luz solar, Nièpce realizó multitud de experimentos que le llevaron a la búsqueda de un método para la fijación de las imágenes en la cámara oscura. Ensayó con diversas sustancias fotosensibles, en especial el betún de Judea, y sobre diferentes soportes; papel, cristal, piedra y diversos metales. Tardaría unos años en conseguir  resultados  definitivos de lo que él llamaba points de vue d‘áprès nature, y es que la palabra fotografía todavía no existía. Así que se planteó varias opciones y al final, escogió un bonito nombre para su invento; Heliografía, la escritura por el sol, un procedimiento que servía para reproducir espontáneamente por la acción de luz, con degradado de tintas en blanco y negro, las imágenes recibidas en la cámara oscura. El nombre hizo fortuna. No así el procedimiento, que desapareció junto con su inventor. Actualmente, en el Harry Ramson Humanities Research Center de la University of Texas, en Austin, se custodia la fotografía más antigua conservada hasta hoy; una placa de estaño emulsionada con betún de Judea realizada por Nièpce hacia 1826 desde la ventana de su estudio. Tras intrincadas pesquisas, fue descubierta por la pareja de foto historiadores norteamericanos Helmut y Alison Gernsheim en  1952,  en Gran Bretaña.
La historia de la Fotografía, o de la Heliografía como también se la denominó en el siglo XIX, puede abordarse desde infinitos puntos de vista. Uno de ellos es plantearla como una invención que desde sus orígenes hasta hoy mismo, ha progresado avanzando contra el Tiempo, que parece empeñada en detener, hasta que en apariencia, lo consigue. A Nièpce, posiblemente el primer  fotógrafo del mundo, el tiempo le jugó una mala pasada, como creo que después les ha ocu-rrido a otros muchos otros fotógrafos… En alguna de las cartas que escribió al grabador y editor Augustin François Lemaître pidiéndole opinión sobre sus resultados, comenta la prueba que le adjunta y se lamenta de los efectos del paso del tiempo en sus imágenes:
“Creo que debo hacerle observar, Monsieur, que este punto de vista tomado desde la habitación donde trabajo en el campo, es enteramente desfavorable ya que los objetos se encuentran iluminados por detrás, o al menos en dirección muy oblicua, durante una parte de la operación, lo que debe necesariamente producir un contraste chocante en el resultado.”
Nièpce se refiere al resultado provocado por el larguísimo tiempo de exposición -de uno a dos días- que requieren sus puntos de vista en las que el sol se desplaza e ilumina, durante una parte de la operación, las paredes opuestas del granero y del palomar que se ven desde su ventana. Durante años utilizó el paisaje que le brindaba su ventana como tema para sus ensayos. Posiblemente, la realización y repetición de una fotografía con tamaño tiempo de exposición y no menor contumacia, sería hoy motivo para un tupido y argumentoso discurso teórico en donde el artista, el comisario,  o ambos a la vez nos sumergirían por intrincados y axiomáticos argumentos de identidad, percepción, lugar y no lugar. Pero Nièpce no tenía tiempo, tampoco ópticas de calidad, ni una emulsión fotosensible lo suficientemente rápida como para pensar en ello. Y lo peor: tampoco le quedaba dinero pues gran parte de su fortuna había desaparecido a causa de la difícil situación política y económica de Francia, de sus investigaciones sobre el Pyréolophore -un revolucionario motor de combustión interna incomprendido en su época- y de los envíos de dinero a su hermano Claude, que tras  años de infructuosos intentos de venta del motor a los ingleses, acabó sus días en Londres enfermo y absolutamente trastornado.
En Noviembre de 1827 Nièpce, junto con su esposa Agnès Romero, viajó a Londres para visitar a su hermano. Su forzosa escala de unos días en París, a la espera de obtener el visado, le permitió conocer personalmente a Louis Jacques Mandé Daguerre con quien se carteaba desde hacía casi dos años. Daguerre, ambicioso y hábil hombre de negocios, experto pintor  de decorados para teatro y efectos de trompe l’œil, coinventor y director del exitoso espectáculo visual del Diorama, había sabido de los experimentos de Nièpce a través de los ópticos parisinos Vincent y Charles Chevalier. Así que no se lo pensó dos veces y le escribió. Al principio, Nièpce se mostró extremadamente cauteloso y desconfiado como lo atestiguan algunas cartas que le escribió al citado Lemaître en febrero de 1827:
“¿Conoce usted, Monsieur, a M. Daguerre, uno de los inventores del Diorama? He aquí por qué le hago esta pregunta. Este Monsieur, habiendo sido informado no sé bien cómo, del objeto de mis investigaciones, me escribió en Enero del año pasado para decirme que desde hacía mucho tiempo, él se ocupaba del mismo propósito, y para pedirme si yo había sido más afortunado que él en mis resultados. Si se le cree sin embargo, él ya los había obtenido de  muy sorprendentes; y a pesar de ello, me rogaba que le dijera, primeramente, si yo creía  la cosa posible. No le disimularé, Monsieur, que semejante incoherencia de ideas tuvo motivos para sorprenderme, por no decir más aún.”
A finales de Octubre de 1829, las cosas habían cambiado para Nièpce, y pese a que no había visto ninguna prueba concluyente de los pretendidos ensayos de Daguerre, falto de recursos e incapaz de reducir el tiempo de exposición para sus points de vue, le confesó a Lemaître;
“Para llegar a un éxito definitivo es pues indispensable que el efecto tenga lugar lo más prontamente posible, lo que supone una gran claridad, una gran nitidez en la representación de los objetos; ahora bien, para ello haría falta una cámara oscura tan perfecta como la de Daguerre, de otra forma yo estaré condenado a  acercarme más o menos al objetivo sin jamás poder alcanzarlo.”
Así pues decidió asociarse con Daguerre. Según el contrato, éste aportaría mejoras en la cámara oscura y él, su procedimiento para obtener Heliografías. Los ensayos prosiguieron pero los tiempos de exposición seguían siendo demasiado largos. Era evidente que los únicos temas susceptibles de heliografiar se limitaban a las naturalezas muertas y el consabido paisaje desde su ventana. Daguerre siempre se inclinó por un procedimiento dirigido más a la perfección que a la multiplicación de las imágenes, insistiendo en que era esencial obtener más prontitud en la obtención de las imágenes, pues de lo contrario no sería factible el éxito comercial del invento:
“Estoy encantado de saber que usted ha conseguido aumentar la prontitud, pues sin esto nosotros nada podemos.” Le escribió a Nièpce a principios de 1831.
Lamentablemente, Nicèphore Nièpce no consiguió optimizar su invención; falleció repentinamente víctima de un derrame cerebral el 5 de Julio de 1833.
Un espejo con memoria; el daguerrotipo.
Daguerre prosiguió sus investigaciones a partir del legado de Nièpce. Entre 1835 y 1837 consiguió resultados a partir de placas de cobre plateadas y cuidadosamente pulidas. Dichas placas eran sensibilizadas mediante los vapores de yodo, reveladas a través de la acción del vapor de mercurio y fijadas en una hirviente solución salina. Preparó un nuevo contrato con Isidore, el hijo de Nièpce. En este nuevo contrato, el nombre de Nièpce desapareció y el invento pasó a denominarse Daguerréotype. Incapaz de seguir las investigaciones de su padre y con graves problemas económicos, Isidore firmó el nuevo contrato del que parece, no tardó mucho en arrepentirse.
Entre ensayo y ensayo, Daguerre había contactado con el diputado, astrónomo y físico François Arago, quien fue esencial para la consagración del daguerrotipo y de su inventor. Sus apasionadas alocuciones en la Académie des Sciences y las propuestas ante la cámara de diputados para la concesión de una pensión vitalicia a Daguerre y a  Isidore Nièpce, culminaron con la famosa sesión del 19 de agosto de 1839 donde Arago dio a conocer públicamente el procedimiento. A Daguerre le concedieron una pensión anual y vitalicia de 6.000 francos y a Isidore Nièpce otros 4.000.
El invento estaba listo y libre para su explotación; científicos, periodistas y escritores hablaron de él y la prensa mundial se hizo eco de la noticia. La Daguerrotipomanía había comenzado. Rapidez y precisión minuciosa, ésas eran las cualidades más notorias del nuevo invento. Cómo no, también la controversia; el anuncio oficial del procedimiento hizo que aparecieran otros candidatos a ser los primeros en descubrir otros procedimientos para fijar las imágenes en la cámara oscura; de todos ellos, destacan dos hombres con muy diferentes trayectorias y muy desigual fortuna; el inglés William Henry Fox Talbot y el francés  Hippolytte Bayard.
En cuanto a Isidore Nièpce, en Agosto de 1841 publicó el librito: Post Tenebras Lux. Historique de la découverte improprement nommée daguerréotype. Précédé d’une notice sur son véritable inventeur Feu Monsieur Joseph -Nicéphore Niépce. El tema de la primigenia y verdadera paternidad del invento estaba servido. Las disputas, en determinados círculos franceses, han continuado cruentas hasta hoy.
En los años sucesivos, Daguerre no aportó ninguna mejora técnica a su procedimiento. Otros lo hicieron en su lugar. Murió a los 63 años en Bry-sur-Marne, donde pintó y regaló un cuadro para la iglesia. Este cuadro, en realidad un diorama, actualmente está siendo restaurado para que recupere los efectos cambiantes de luces y sombras que presenta al ser iluminado mediante luz reflejada o transmitida. Su casa ha sido adquirida por el municipio de Bry hace poco más de un año y existe el proyecto de instalar en ella un centro de la fotografía. Por lo que respecta a la casa de Nièpce en Saint-Loup de Varennes, puede ser visitada desde hace un tiempo. Durante su rehabilitación en 2000, pudo localizarse una ventana modificada desde hacía años a causa de la construcción de una nueva chimenea; era precisamente la ventana desde donde Nièpce realizó sus heliografías.

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