Le chalé de Pommenegradie, por Rui Caverta

Ésta es una historia que se niega a ser contada. Que busca nacer de una boca y no consignarse por escrito. Nacer en detalles imprecisos y morir ridiculizando al narrador cuando no puede capturar la atención de los oyentes. Cosa rara, deduzco, deje escribirse sin matarme. Grande es el cielo o cierto buda, supongo.

En una ciudad cuyo más grande logro es el de acallar todas sus historias de vida, muerte, asesinato, violaciones y canibalismo por ser aburridas para su ciudadano común, la historia de Victorio Parrales, gran conocedor y campesino culinario, fue un chorro de agua fresca por su total cotidianeidad y cliché. Un hombre que alcanza la fama; nada más, no se encuentra nada más en su concepción.
Todos conocemos los lugares chic o snob en las ciudades. Esos barrios de clase alta donde se desenvuelve la más selecta vida. Los mejores vinos, las mujeres más atractivas, la comida más ajena al pueblo; los personajes más vacíos, las fortunas más grandes, las opresiones de gente mejor guardada, todo ello vive en aquellos barrios en diferentes punto de variadas ciudades. La ciudad de Victorio Parrales no era nada diferente a esto.
La zona exclusiva de una ciudad o metrópoli es un receptáculo de sensaciones exóticas; tan raras como caras. Si uno desea comer algo fuera de su dieta normal simplemente debe ir a estas zonas y encontrará la cocina de países tan lejanos como Pakistán, India, Corea o Uruguay entre otros. Mientras más extraño, más exclusivo. Sin embargo, en la era de la globalización los restaurantes de diferentes países han surgido en distintos lugares de la ciudad; sin seguir un patrón fijo ni un movimiento financiero cierto. Mas las zonas exclusivas perduran igual que sus mapamundis culinarios. Algo debe tener el efecto de caminar unos pasos y haber atravesado miles de kilómetros al instante. De Corea a Argentina en un instante, de México a Mongolia.

Era en una de estas zonas donde debía estar predestinado Victorio Parrales, genio culinario de su ciudad. La calidad de su comida era excelente, perfecta. Los trozos se deshacían lenta y suculentamente en la boca liberando una gran explosión de sabor. Sus recetas no se quedaban atrás; las combinaciones realizadas en sus platillos eran novedosas e inusitadas. Nadie se le podía comparar. Solo existía un problema: la comida era nativa, no lejana y, por lo tanto, no novedosa. A los ojos del barrio chic su comida habría parecido una abominación, una bala perdida de la cocina tradicional. Nadie iba allá a comer el alimento nativo, aunque éste fuera extraordinario. Por lo tanto, a Parrales le estaba negada en silencio la entrada a ese barrio, a su éxito.

A pesar de todo, Victorio tuvo la necedad de abrir su restaurante en uno de los extremos de la zona chic. Al no poseer dinero para tal empresa, tuvo que comprometerse en gran manera con los bancos. Hasta tal punto que no era exagerado decir que su vida dependía del éxito del negocio. Éxito negado desde un principio por las razones ya dadas. El restaurante abrió con el nombre de Le chalé de Pommenegradie. Nuestro cocinero podía ser un genio a la hora de confeccionar platillos, pero su francés era de una calidad apocalíptica; la “t” se perdió en un limbo del error y nunca aparecería en el nombre del restaurante.
El éxito al principio no fue mucho. Minúsculo en realidad, apenas suficiente para no cerrar. Ser un nativo del mismo país era la muerte de Victorio; no llegaría a la fama y fortuna, el recinto chic le estaba negado. Ya se había resignado a la derrota cuando un cliente con cara de estúpido lo mandó llamar y le preguntó dónde exactamente se encontraba Pommenegradie. La comida del país era excelente, decía el cliente; algo fuera de lo normal. La genialidad había caído en manos del cocinero por un idiota. No pudo más que asentir con la cabeza y crear un país en ese mismo instante. El protectorado de Pommenegradie.

La noticia corrió como un reguero de pólvora. Un lugar nuevo y totalmente único; nunca nadie había oído hablar del país y morían por probar sus exquisitas recetas. La comida le encantaba a todas las personas aunque no pudieran precisar el porqué; era tan común y extraña a la vez, no podían evitar amarla. A las pocas semanas el lugar estaba lleno a todas horas y en poco meses Le chalé de Pommenegradie se cambió del extremo del barrio chic a su mismo corazón. Pasó a ser parte vital del mismo, la sangre que mantenía la economía corriendo. Victorio Parrales había conseguido su objetivo.
Aquí la anécdota se diluye y pierde corporeidad. Se divide en miles de relatos más pequeños que hablan de la millonaria vida de Parrales y sus clientes. Cosas divertidas que sucedían en el restaurante. Unos hablan de los múltiples problemas del cocinero para esconder su mentira. Estas últimas nada interesantes si me preguntan; la mente humana se alimenta de múltiples mentiras que raciona y digiere al paso que desea. Si algo no se acomoda como mentira, siempre será verdad sin importar cualquier factor exterior. Otros, gran crimen, acaban la anécdota en el punto del éxito; narradores de poca monta sintiéndose superacionistas. Me dan asco.
Al final pasó. Muchos años después, cuando nuestro cocinero era un anciano decrépito, descubrieron que la comida de Parrales no era cocina exótica, sino una revaloración de lo hecho en su tierra. No fue odiado por la gente, expulsado del barrio ni mucho menos. A lo más, consiguió más publicidad. Su reputación ya estaba cimentada, había creado incluso escuela, y el escándalo no lo afectó. Ya estaba reconocido por los importantes medios culinarios. La anécdota no gusta de explicarse cómo el engaño duró tanto tiempo entre investigadores, rivales y gente con excelentes conocimientos de geografía. No lo explica; solo pasó.

Los rumores pararon poco a poco y del mismo modo que la restante vida de Victorio Parrales, se fueron deteniendo como un lento atardecer, caliente pero amargo, como la mano de una amante rencorosa. Cuando nuestro cocinero entraba en la última etapa de su vida, La gente comenzó a discutir sobre si la obra de Parrales debía ser un nuevo hito en la cocina de su país o si debía establecerse como la comida de un país totalmente ficticio. Si Pommenegradie debía guardarse el honor de tener una cocina única. El debate casi se convierte en guerra sin llegar a ningún razonamiento. Muy tarde se les ocurrió realizar lo obvio y preguntarle a Parrales cuál era su deseo o voluntad sobre la obra de su vida; en realidad muy tarde: el cocinero falleció antes de poder dar una respuesta. La gente se lanzó a una discusión todavía sin terminar.

El chalé de Pommenegradie terminó enclavado en el centro del barrio chic, sin sentido de pertenencia. Como una península o país existente solo en los mismos confines de ese negocio. A lo mucho, existía en la mente de uno de los comensales o en la comida.

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