Las notas de una bala por Lluís Aguiló

−Descubrimos en el atardecer del invierno las primeras preguntas de la primavera.

−Época de deshielo en la Bolonia que conocimos.

−Tú, Antonio, habías pensado demasiado en el suicidio, en las pajas encima de la taza del váter.

−Aun así conseguí dejar atrás el Spleen, la Náusea, las nubes, los zumbidos.

−Yo en cambio estaba bien, en el punto álgido de la ciclotimia positiva, caminando bajo los pórticos de puerta Santo Stefano.

−La razón de encontrarnos más allá de puerta Santo Stefano de camino a una jam session fue que, entre las opciones del deshielo, ésa era la mejor para dejar atrás la nieve enfangada.

−Cargaba tu guitarra con la esperanza de recibir unas birras a cambio de mis servicios. Recuerdo mis menosprecios a las jam sessions, con mujeres mirando y hombres luciendo como en un concurso o un baile de apareamiento.

−Esa tarde te dije: León hazme de badlainer y te llenaré de zumo de cebada.

−Así lo hiciste Antonio, a pesar de que desconociera la tarea del badlainer.

−Nos paramos en un pequeño badulaque, antes de llegar, y compre dos peronis y dos moretti.

−Antes de llegar a casa de Diana.

−Antes de acomodarnos en el jardín trasero.

−Antes de todo, Diana nos abrió la gran verja para deleitarnos con las maravillas de su adosado/comuna regentada por un barbudo.

−Ya que ella vivía en una casa, a diferencia de todos.

−Un barbudo de aires nórdicos que, con su pasividad, regaba la entrada pareciendo ajeno al paso del tiempo.

−Observando los pajaritos y el vacío mientras nosotros subíamos las escaleras, atravesábamos la casa y acabábamos en el jardín trasero.

−Siempre de la mano de Diana y su equilibrada personalidad en su casa de muñecas.

−Un jardín selvático donde nos rendiríamos al sol débil de primavera, olvidándonos de nuestra desesperación juvenil y cursi.

−Puesto que éramos jóvenes y teníamos la cartera llena de monedas.

−Fuimos los primeros en llegar y nos sentamos en las sillas de plástico que quizás fueron robadas en un chiringuito de alguna playa lejana.

−Jugábamos con la inestabilidad del plástico viejo, del plástico que había pasado un invierno frío a la intemperie y llegó Lucio de Marcos.

−Nosotros dos jugábamos al balanceo para asegurar que no se romperían cuando yo tocase la guitarra o cuando tú hubieses bebido demasiada birra.

−Apareció de dentro la casa, renqueante, con un saxo colgado al hombro.

−De semblante indio y con una larga cabellera color azabache.

−Ciao ragazzi, Volete un po’ di fumo? Nos dijo.

−Rechacé mientras tú abrías una birra, alargabas el brazo hacia Lucio y participabas del primer intercambio.

−Por su italiano entendimos, definitivamente, que era extranjero.

−Grandes bocanadas de humo cubrían su rostro que para nosotros, dos blanquitos de clase media, era un pequeño contenedor de épica.

−Escupió y se hizo una coleta con la cabellera.

−Era como un viejo replicante: he visto cosas que vosotros ni tan solo creerías.

−Lo más mundano se convertía en hazaña.

−Lucio se acomodó en una de las sillas de plástico.

−Entretanto parecía listo para empezar a escupir sus miserias del otro lado del mar.

−La historia que nos contó, el pequeño dios de la experiencia, fue lo más ácido que habíamos escuchado en mucho tiempo. El inicio de un vagabundo de tierras lejanas.

−Tal vez mentira pero, sin lugar a dudas, motor para alimentar nuestra patológica mitomanía, nuestras ganas de escuchar las vicisitudes de un indio para contrarrestar nuestras vidas de clase de nadie, de clase media.

−Empezó la historia con una pregunta básica, pregunta de inmigrante, pregunta de extranjero: ¿Tú qué haces en Bolonia?

−Lucio era chileno y músico durante toda la semana.

−Nunca hubiese acertado la procedencia de nuestro acompañante pues en mi humilde concepción de los chilenos imaginaba Allendes, Parras, Lihns, Bolaños…hasta Pinochets pero no un indio.

−Tantas ciudades de aquí a Santiago de Chile donde caer ¿Por qué la città rossa?

−Pregunta desencadenante.

−Había llegado hacía tiempo.

−Quince años creo recordar.

−Lucio era militar a finales de los años ochenta.

-Soldado del viejo Pinochet.

−Un buen día se cansó, se cansó de las maniobras en el desierto de Atacama, de los desfiles y decidió dejar el ejército.

−Sabia decisión, pues era cómplice del tirano, aunque él hablase de Pinochet con condescendencia como si hubiese sido un padre malo pero, al fin y al cabo, un padre.

−Una vez abandonado el ejército la madre le aconsejó deshacerse de alguna de sus pistolas pues en la casa también vivían niños, niños hermanos creo recordar.

−Desmantelamiento, preocupaciones armamentísticas de una madre de finales de los ochenta: esas fueron las razones por las que Lucio conoció a Michè.

−Decidido, colgó un anuncio en el cuartel de Santiago: Vendo pistola CZ-75 semiautomática.

−Michè se presentó en la casita donde vivía toda la familia de Lucio con la intención de comprar la pistola.

−Ambos se dirigieron al jardín trasero, uno no muy diferente al que nos encontrábamos, tal vez más humilde si es que hay jardines altivos.

−Lucio hizo entrega de la pistola a Michè. Él calculaba el peso del arma. Lucio le explicó las razones por las cuales quería vender la pistola, con las que consiguió arrancar una sonrisa de complicidad de Michè, que afirmó que él también era músico.

−Señaló los tarros de mermelada vacíos al otro lado del jardín y abrió el puño con una carga de balas.

−¿Músico? Sí, músico, y quizás algún día me gustaría ser un poquito como Robert Johnson o más como su blues.

−Y las primeras balas silbaban, decididas a deshacer en mil pedazos los viejos tarros de vidrio.

−Lucio entusiasmado respondió que, si fuese guitarrista, le gustaría ser como Django cuatro dedos, hasta en su perfilado bigote.

−Michè seguía destrozando las dianas con una puntería aceptable y preguntando características sobre el arma de origen checo.

−Ahora bien, ninguna como Billie y su Night and Day, dijo Michè, vendería mi alma por esa voz.

−Dos de tres dianas y sólo quedaban dos balas. Lucio colocaba más tarros y viejos platos que, pronto, quedarían reducidos a pedacitos.

−Si fuese negro querría ser Elmore James, añadió Lucio.

−Más balas, más dianas para destruir con determinación, como si fuesen objetivos de carne y hueso.

−Cierto ¿Pero y Duke Ellington? Claro que, en algunas fotos, parece mestizo, no es el mismo negro de Elmore James, matizó Michè.

−El cañón de la pistola quemaba y se sentaron en sillas de plástico a discutir el precio.

−Yo vendería mi alma por tocar el saxo como Dexter Gordon, por su beboop ¡Por toda esa mierda vendería mi alma! Exclamó Lucio.

−Ambos llegaron a un acuerdo y se prometieron que quedarían más veces para ir a disparar aunque no en el jardín.

−Quedaron y, finalmente, dieron el salto a Europa donde trabajaron en Alemania, aunque Lucio sólo recordase Guten tag y Danke, hasta caer en Bolonia con la intención de estudiar música. Michè volvió a Chile y Lucio convirtió la última parada del viaje en su hogar.

−Todo acabó con una frase: Fuimos pistoleros de música y músicos con pistola.

−El barbudo llegó con un gran didgeridoo y sus historias australianas parecían cuentos infantiles alrededor de un gran tronco. Empezó a soplar haciendo de nuestras bocas abiertas cajas de resonancia.

−Toda esa historia americana, verdad o mentira trabajada con locuaz imaginación ¿Entregarías una pistola a un desconocido?

−Pareja de violencia y música, una sutil canción de disparos contra tarros de mermelada vacíos.

−Los dulces naufragios de Leopardi, antítesis como modo de vida, quizás.

−Todo podría ser la historia de un idiota.

−La historia apócrifa de los músicos con pistola.

−Un rumor del cual Lucio se había apoderado.

−De todas maneras, Chile estaba lejos y Pinochet enterrado.

−Sólo quedaba tocar con el chaman del saxo.

−Con preguntas entre los dientes.

−La única pregunta que me queda es para ti.

−¿Para mí?

−Sí ¿Tú sabes disparar?

 

Las notas de una bala

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