La sirenita por Esmeralda Barreyro

Ella, como la piedra, inmóvil y fría; él, todavía en aquel tren en el que el tiempo no pasaba más despacio que el paisaje en la ventana.

–Dirección Copenhague. – le había anunciado un par de semanas antes de la boda. Enseñándole dos billetes de tren le recitó de memoria todos los lugares que visitarían.

Ella debía de escucharle ilusionada y sin embargo no alzaba la mirada, estaba clavada en la cama del que iba a ser su dormitorio una vez casados. Él sí la miraba, le cogía las manos, le apartaba los mechones de pelo que le caían en la cara; iba a ser por fin el marido perfecto.

Sentados en unos butacones de terciopelo gastado, viajaban nerviosos. Con la torpeza de la primera vez, ofrecieron sus billetes al revisor para que los marcara. Durante las horas que duró el trayecto, él leyó todos los periódicos que había en alemán, mientras ella miraba el paisaje cambiante a través de la ventana. Llegaron a la ciudad antes de que se pusiera el sol. Habían decidido que la primera noche, a causa del cansancio del viaje, cenarían en el mismo hotel en el que se hospe- darían. Antes de cenar, subieron a la suit nupcial y deshicieron sendas maletas. Y en un ritual nuevo para los dos, un ritual que iba a tener que repetirse cuando volvieran en su casa conyugal, colocaron sus ropas en un mismo armario y sus cepillos de dientes en un mismo vaso. En el ascensor él buscó la mano fría de ella y caminaron agarrados así hasta el salón comedor al que entraron siendo más pareja que antes.

Desde los grandes ventanales del restaurante se veían volar bajas algunas gaviotas y se las oía gritar. Comieron ensalada, pescado servido frío y una tarta de postre. Brindaron con champagne. Él habló de planes de futuro, de cómo se las arreglaría para tener una mejor relación con su superior y poder así, algún día, acceder a un puesto de mayor res-ponsabilidad y sueldo. Hicieron también algún comentario sobre la ceremonia de la boda. Se rieron al comentar lo borrachos que habían acabado tío Franz y tía Elsa e hicieron broma sobre cómo habría terminado su noche. También recordaron las palabras del padre de ella y al hacerlo él tuvo que secarle a su esposa una lágrima salada que le caía por a mejilla derecha. Habló más él, y sin embargo ella tardó más en acabarse los platos; él casi devoró el postre y ella se lo dejó a medias.

Le propuso salir a pasear por el puerto antes de subir a la suit, y él aceptó por complacerla. Llegaron a la estatua de La Sirenita y se que- daron un buen rato, muy abrazados; sólo se oía el rumor del mar y los gritos de las gaviotas. Hasta que él dijo que ya no soportaba aquel viento gélido, que urgía volver y  que, además, seguro que ya era muy tarde, pues apenas había nadie en la calle.

Al amanecer él se despertó empapado en sudor. Había soñado con una sirenita que no podía hablar, y hacía unas muecas horribles al intentarlo. En el sueño él quería detener aquel seguido de gestos fantasmagóricos y sin embargo sólo atinaba a taparse ambos oídos con las manos, lo que en realidad contribuía a que ella se esforzara aún más para lograr emitir algún sonido desde su inútil garganta.

Miró por la ventana y le gustó ver un cielo despejado, iba a ser un día soleado. Alargó el brazo para despertar a su esposa, pero encontró un vacío en las sábanas.

Cuando los primeros barcos empezaron a zarpar, en el puerto, él ya estaba frente a la estatua, en el mismo lugar en el que apenas unas horas antes habían estado juntos. Pensó que seguía sus pasos, pensó que, al final, iba a encontrarla. Recorrió toda la ciudad, preguntó en los hospitales y en las comisarías. Nada. Antes de volver, agotado, al hotel, pasó de nuevo por la famosa estatua. No hacía calor, pero él estaba sudando, de correr, de suplicar, de desesperanza. Alzó la vista para mirar por última vez la Sirenita de piedra y al encontrar sus ojos un escalofrío le recorrió la espalda y se llevó las manos a las orejas.

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