Imaginemos esta historia por Ana Valeria Jiménez

Hace un par de días me propuse escribirte una carta para contarte todo lo que no te he contado desde que me fui, aquello que no nos decimos nunca. Entonces, de pronto, intervino mi imaginación: me imaginé que estábamos solos en el mundo recordándolo todo, sentados sobre una tabla de madera gigante, flotando en todas las aguas, dulces y saladas, sin tierra a la vista, sin nada más que andrajos mojados sobre la piel y un amanecer. Tú estabas igual que siempre, sonriendo con los ojos caídos y respirando esa calma excesiva, casi enervante. Yo no paraba de reír y de llorar, de los recuerdos, de tanto hablar y de lo absurdo que resultaba todo. Y tú y yo vivos, y esa tabla que nos alargaba la vida lo suficiente como para contárnosla por última vez; y revivir la tierra, la que habíamos habitado de niños, la que pisamos durante largos años sintiendo que era nuestra. Y me contaste tus miedos, los más infantiles y tiernos, y celebramos nuestra infancia como la etapa más cuerda de nuestra existencia. Después yo te conté mis sueños megalómanos sobre el entendimiento, y mi miedo a la urticaria y a los hormigueros. Así nos desnudamos sin razón ni consciencia, como lo más natural del día, como un bostezo en la mañana, mientras el sol subía hasta llegar a lo más alto del cielo secando mis lágrimas. Alabamos a sabios y a artistas, y recuerdo que callamos unos minutos cuando no pudimos encontrar nada que se pareciera al estornudo, entonces tú reíste y te recostaste sobre mis piernas. Se nos fue la vida en palabras; yo te lo conté todo mi amigo; y al final, la noche.

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