Escritor sobre fondo rojo por José A. González

Hoy no he hecho nada.

Pero he dejado los libros en la silla, aquí cerca de la cama, amontonados y abiertos sobre la ropa que me acabo de quitar.

Algunos bolígrafos marcan algunas páginas.

El flexo de la mesita de noche ilumina la cabecera donde duermo. En la mesa he desordenado otros muchos libros. Hay rotuladores desparramados –unos abiertos, otros cerrados- por la mesa donde trabajo, por el suelo, y alguno más sobre la colcha. Los hay de varios colores y tipos de trazo.

Además, en la mesa grande he dejado abiertos algunos diccionarios: el de la Academia, el etimológico y el de símbolos. He buscado papeles de diversos colores y los he ido metiendo en ellos, como si estuviesen marcando páginas. Para dar un punto de nostalgia  he buscado una carta de alguna antigua novia, la he sacado del sobre y he puesto sobre ella una estilográfica abierta.

También he distribuido estratégicamente algunas casettes por toda la mesa; algunas tienen carcasa y otras no, y las he puesto de forma que se vean bien sus contenidos: algo de clásica, una de jazz y otras de rock duro, con carpetas teñidas de negatividad y escepticismo y títulos amargos. A algunas las he colocado en una funda equivocada. Eso está bien.

He ido a la cocina a buscar algunas tazas y vasos con los restos de café –ya seco en los fondos- que me he bebido a lo largo de la semana. Los he puesto con sus respectivas cucharillas sobre unas fichas de trabajo inservibles. He derramado un poco de tinto barato sobre un periódico abierto. Me ha sido imposible encontrar las páginas culturales pero no importa, bajo la mancha roja, en los márgenes de la página de deportes he inventado los teléfonos de algunos escritores famosos en la ciudad. Como si hubiesen sido anotados a lo largo de varias semanas, los he apuntado en colores diversos y  diferentes tipografías: una es nerviosa y titubeante, otra es fríamente calculadora, en la esquina superior hay una de tintes desesperados, y otra ciertamente ingenua.

He buscado también folios escritos por toda la casa. Los he convertido en bolas de papel arrugado y las he tirado por las esquinas, después de haber llenado con ellas la papelera.

Por último, ya tendido boca arriba y con la manta bajo las axilas, voy a intentar dormirme con algún libro voluminoso abierto sobre el pecho, con manchas de tinta en los dedos, con papeles sueltos y un lápiz y eso.

Si por un momento pudiese salir de mí y colgarme de la lámpara del techo podría verme tendido e inmóvil, iluminado por una luz pobre, rodeado de libros y papeles.

El cerco de luz enmarcaría una escena que representaría trabajo desenfrenado y labor minuciosa.

Eso es bonito e interesante.Antes dije que hoy no he hecho nada, me corrijo: tengo montada una escena aceptable de escritor vencido por el sueño.

Ahora puedo respirar y dormir tranquilo, que la conciencia dejará de acosarme aunque hoy no haya hecho nada que pueda leerse.

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