Entrevista al escritor. Javier Pérez Andújar

“Entrevista al escritor” por el equipo de Acrocorinto.

Nosotros conoceremos a Javier Pérez Andújar por sus apariciones en televisión y por las fotografías que hay en las contraportadas de sus libros; él no nos conocerá. Tras concertar telemáticamente una entrevista con él, decidiremos visitarlo el día antes de la cita, durante la presentación de su nuevo libro Catalanes todos en la Central.
Tras su charla vespertina, una marabunta de individuos se organizará en una civilizada fila para que el escritor les haga una dedicatoria en su libro recién publicado.

Primera revelación: la gente siente un especial afecto por Javier Pérez Andújar. Es su voz tranquila pero nerviosa y el sentimiento de proximidad que sus libros generan, lo que hace que el lector sienta al escritor como un amigo.

Al día siguiente, nos encontraremos en un “bar de turistas” de Plaza Universidad y gracias a nuestra maniobra de la noche anterior, no tendremos que someternos a la vergonzante tarea de presentarnos a alguien que no nos conoce. El bar nos parecerá una extraña elección para un encuentro literario pero al cabo de un rato Javier revelará que es el lugar donde venía cuando estudiaba filología y, además, nos confesará que le gusta desconcertar al personal quedando en un lugar que no tiene ningún encanto.

Segunda revelación: Tras (o quizás con) el hombre amable también está el individuo mordaz y ácido al que le gusta crear controversia.

Pérez Andújar pedirá un café y una agua (una combinación del que acostumbra a beber mucho café) e iniciaremos la entrevista que durará sin quererlo más de una hora y media. Literatura, cine, política, Barcelona, Sant Adrià del Besos, lo bello, lo bestia, historia, el oficio de escribir, el oficio de vivir, vivir… lo que tenía que ser una entrevista terminará convirtiéndose en una amena conversación en la que no quedará palo sin tocar.

Tercera revelación: Javier Pérez Andújar es uno de esos escritores que necesitan la literatura para poder respirar y el aire para poder escribir.

Nota biográfica: Javier Pérez Andújar nació en Sant Adrià del Besos en el año 1965. Licenciado en filología Hispánica por la Universidad de Barcelona inició su contacto con el mundo de los libros muy joven.
Ha sido colaborador de los programas de televisión Saló de Lectura (BTV) y L’Hora del Lector (TV3), y ha publicado en distintos medios de comunicación como El País, la revista Taifa o Mondo Brutto.
En 2007 publica Los príncipes valientes, obra con la que se da a conocer al gran público y seguidamente escribe Todo lo que se llevó el diablo (2010), Paseos con mi madre (2011) y Catalanes todos (2014).
Cultivador de otros géneros como el ensayo con Salvador Dalí. A la conquista de lo irracional (2003), ha participado como editor en antologías de cuentos fantásticos y ha sido galardonado en 2014 con el Premio Ciutat de Barcelona.

Ya que esta entrevista se enmarca en el número sobre lo bello y lo bestia, ¿Qué te sugieren estos dos conceptos?
Es una película, ¿no? Una película de Cocteau (risas). Es una película, sobre todo, aunque claro, es el folklore, el cuento popular, el dragón y la princesa, King Kong… Pero la fascinación que produce es el tema. Y lo bello y lo bestia es la esencia del amor porque en el momento que amas es bello, pero si amas mucho es bestial: la emaciación de la actitud de enamorado. También es la fascinación de la autodestrucción porque es bestial autodestruirse, pero tiene un punto egolátrico, un punto narcisista. De hecho, la gente autodestructiva es Narcisa y también lo bello y lo bestia es como una espiral hacia lo profundo.

¿Y en la poesía?
En la poesía debe ser el ejercicio poético mismo, enfrentarse al sondeo profundo de uno para la búsqueda de la belleza; lo bestia es eso.

Una característica de tus novelas es justamente la prosa poética. Recuerdo un frase de tu novela Los príncipes valientes “la poesía hispánica va a caerme a las manos como un arma cargada sobre todo de poesía”. ¿Cómo nace ese germen?
La frase… la frase en realidad es una vacilada, pero escribiendo, a veces, te calienta la mano, igual que cuando bebes se te calienta la boca. La base es “la poesía es un arma cargada de futuro”, pero por vacilarle al poeta, a Celaya, pues la poesía en realidad está cargada de poesía. A la poesía no le hace falta el futuro. Y, el germen de cómo me cae la poesía… El primero debe ser por un libro que me regaló mi madre cuando tenía seis años que se titulaba Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. En realidad no era poesía, era prosa lírica, y supongo que con seis años, como es lo primero que lees eres más sensible y te afina el oído en ese tono, como un diapasón que te queda ahí en la oreja. Y una de las explicaciones puede ser eso, mi fascinación por la poesía. Además, la poesía cuando yo crecí estaba más presente en la vida cultural y cotidiana de la gente, estaba en la televisión, por ejemplo, en los programas infantiles. Era la época de la transición y se estaban recuperando todo: a los poetas, a García Lorca que lo estaban desenterrando de la fosa común, de la fosa común del olvido, no de la física. Paco Ibáñez cantaba poesía y mi madre ponía los casetes. Y yo, antes que leer a Celaya, Otero o Alberti los oí cantados y me llegaron por la vida cotidiana.

¿Por lo que dices, parecería que hay una pérdida de la presencia poética en la vida cotidiana?
Sí, a lo mejor la ha reemplazado la publicidad. Pero a mí no me gusta ser moralista, las cosas son como son. Antes la gente se sabía versos de memoria, versos tópicos, no hacía falta haberlos leído, pero te los decía cualquiera, “verde que te quiero verde”. Ahora cuando alguien te suelta un tópico te tira un anuncio, “me lo llevo”, el subconsciente está afinado en publicidad. De la narrativa la gente también sabía tópicos como “ crónica de una muerte anunciada” para cuando alguien estaba enfermo. Ahora los tópicos no los sacan de las novelas, los sacan de las teleseries, de los Soprano, Mad men. La narratividad ha sido reemplazada por la televisión y la poesía por la publicidad, y es el mundo en que vivimos. ¿Y qué conlleva? No tengo ni puta idea porque yo vivo a la velocidad del tiempo, y cada segundo que pasa es un segundo que vivo. No me importa vivir con mi tiempo, lo que pasa es que por carácter soy refractario a los tiempos actuales, sin embargo, no digo que sean malos ni los juzgo; no digo que la gente sea peor gente.

Y entonces, si la narrativa se ha visto desplazada de alguna forma, ¿para qué escribir?
¿Tú para qué escribes? Porque te gusta. A mí qué más me da que se desplace, yo no lo hago porque esté de moda, yo lo hago porque me gusta. Es como si a un señor que esté haciendo la torre Eiffel con cerillas le dices que eso no se lleva, que lo de ahora es hacer una foto. Pero si le gusta hacer eso ¿por qué te metes? Lo que me gusta a mí es escribir.

Por qué escribir… ¿Porque te gusta?
Escribes porque te gusta pero no para tí, sino para la gente que quieres. Lo que pasa es que no te tiene que importar que les guste porque por eso les quieres. Escribo para mis amigos, pero si no les gusta pues mala suerte, no los voy a odiar. Escribo porque me gustaría que les gustara. Escribes porque no sabes hacer otra cosa.

Al escribir, no dejas de describir el entorno, tu paisaje, como en aquella frase “la ciudades son libros que se leen con los pies”. ¿La narrativa que haces es el fruto de tus paseos?
Literariamente, creo que la influencia proviene de Baudelaire y Edgar Allan Poe porque los dos participan de esto. En Baudelaire, como se dice en francés, con el flâneur, el paseante. Y en el caso de Edgar Allan Poe, que está muy relacionado, con un cuento, “El hombre de la multitud”. Para mí es muy importante el paseo porque soy un escritor urbano, pertenezco a la ciudad, y es muy importante andar la ciudad para contarla, por eso decía que la leía con los pies. Francisco Umbral en uno de sus libros cuenta que va paseando por Madrid y Madrid le sube por las plantas de los pies y se impregna de él. En realidad se trata de un recurso que muchos escritores de la ciudad han utilizado: tener la ciudad dentro, que te entra al andar.

En tus textos Paseos con mi madre, por ejemplo, también hay una intención, llamémosla política.
Yo tengo carácter político por formación, veo las cosas desde muchos puntos de vista… desde muchos no, de tres o cuatro, no tengo más puntos. Pero uno de ellos es el político, y claro, al tener un punto de vista político, lo plasmo porque me expreso como soy. No quiero hacer proselitismo, ni quiero que me den la razón. Tocar las pelotas, sí, porque me divierte mucho, pero el poder está para eso. Además, si tocas las pelotas significa que había poder al que tocar, sino, no se las puedes tocar; si alguien se siente “pelotitocado” es que mandaba. Tampoco lo hago por “dar voz”, me parece una falta de respeto dar voz a los demás porque los demás también tienen la suya. Escribo para mí, lo que pasa es que no somos tan diferentes los uno de los otros. Hay una horquilla de sentimientos y más o menos cabemos todos. Y si yo siento de una manera probablemente hay muchas personas que sientan de la misma porque no somos tan especiales, que sentimos más o menos igual y tenemos una afinidad, nos entendemos leyéndonos. No hay una voluntad de denuncia, denunciar es una forma de demagogia ya que la denuncia está implícita en la injusticia. Si hay una injusticia se está denunciando a sí misma, y yo lo que hago es escribir y contarlo.

Hay una frase popular que se repetía en escritores anarquistas como Federica Montseny, en Federico Urales, esa escritura popular que decía: “para, por y del pueblo” y leyendo tus novelas vemos que es literatura “para” , para la gente, escrita “por” alguien que se considera del pueblo y “del pueblo” porque trata de él.
Tengo bastante afinidad con la idea de esta gente, Federico Urales, su hija, Federica Montseny, de los escritores anarquistas. Lo que pasa es que no tengo esa militancia ni ese propósito, pero sí tengo un sentimiento libertario de la vida y realmente buena parte de mi formación política está basada en lecturas de escritores libertarios y marxistas. Sí, hay un vínculo, vengo de ellos. Lo que pasa es que cada uno se parece más a su época que sus padres, yo me parezco más a esta época que es más cínica, más descreída. No tengo la vocación pedagógica, estoy como descreído. Pero por muy descreído que sea no acepto las injusticias. Estamos en una época confusa, una mezcla de escepticismo y de rabia.

En la presentación de Catalanes todos, dijiste “Cuando lo piensas, los bloques son una mierda. Y después lo escribes…y escribes que son bonitos”. ¿Eso es reconvertir lo bestia en lo bello?
Al principio, intentaba ser coherente, pero me di cuenta de que ser coherente es ser intransigente. Poniendo el ejemplo que has recuperado, vas y piensas “los bloques eran una mierda”, pero escribes “qué bien estaban los bloques”, y me daba cuenta de la contradicción y lo cambiaba. Intentaba justificarme y eso me hacía intransigente, inflexible. Pero de repente, si asumes tus contradicciones, arrancas, ya puedes escribir, porque escribir es una forma de dialéctica; tesis, antítesis, síntesis. Si te asumes diálecticamente, llegas a una síntesis que vuelve a convertirse en tesis, la vuelves a negar, la vuelves a sintetizar, y esa es la dialéctica que hace el libro: ir asumiendo tus contradicciones.

Cuando oigo hablar del pasado, y volviendo al tema de lo bello y lo bestia, siento una nostalgia de algo que no he vivido.
¿La sientes? Pero eso es romanticismo.

¿Romanticismo o se nos ha negado algo?
Hombre, sí, se te han negado 2980 años de historia cristiana, y además otros cinco mil anteriores. Se nos ha negado todo lo que no hemos vivido. Este sentimiento es razonable. Yo tengo nostalgia de Babilonia, de los egipcios. Tienes nostalgia del Romanticismo alemán o inglés, de la Revolución Francesa, pero eso es bonito, eso es interés cultural, eso es sensibilidad.

Mira, lo de lo bello y lo bestia, Sabes que lo hemos pasado por la puerta y no hemos llamado. San Adrián, al describir San Adrián industrial estamos hablando precisamente de lo bello y lo bestia. De la fundición de acero, de cómo se incendiaba y se ponía rojo todo el cielo, de cómo se encendIa de rojo la puesta de sol y se quedaba todo San Adrián de ese color. Era alucinante. Pero por otro lado era asqueroso porque la fundición estaba contaminando y respirábamos mierda. Y de vez en cuando explotaba y moría gente, era lo bestia, también, claro. Pero es que si tienes un sentimiento artístico de la vida nunca vas a renunciar a lo bello.

Al final, siempre vamos a sentir esa nostalgia… Me recuerda a una de las últimas películas de Woody Allen, Medianoche en París…
Sí, ese juego como de muñecas rusas era bonito… Pero yo no tengo nostalgia, en serio. Yo hablo de lo que soy y de lo que tengo, pero no tengo nostalgia, si se pasó se pasó. No siento nostalgia ni por mi infancia ni por mi juventud, lo que pasa que la cuento porque cada cual vende el pescado que tiene. Si fuera escalador escribiría de montaña, o si fuera marinero, como Conrad, escribiría de tifones y de cruzar cabos. Pero como lo que he hecho es tener una vida más o menos de barrio pues escribo de lo que he vivido, sencillamente de eso. No lo hago por nostalgia, creo que la nostalgia es una mariconada.

Y en la actualidad, si hablamos de uno de los temas más candentes del momento, el catalanismo ¿por qué no te has involucrado?
No tengo un sentimiento nacional. ¿Cómo me voy a involucrar? Haría el hipócrita. Lo que sí es evidente es que uno no se puede sustraer al debate, porque está en todas partes, en la tele, en la radio. Pero como no me importa es como todos los coches que están pasando, no los estoy contando, no estoy apuntando las matrículas, ni me doy cuenta. Oigo el ruido, pero…

No es inocuo, elegir cualquier tema implica una serie de consecuencias.
Todo conlleva consecuencias. Elegir y no elegir. Lo que pasa es que está el derecho a no elegir, a abstenerse, a no votar. A no votar, te lo digo por los referentes que has sacado antes de Federico Urales y Federica Montseny, que eran mucho de no votar.
¿Por qué tengo que elegir por una elección que no me interesa que creo que no me afecta, porque tengo que sentir lo que siente otro?

De algún modo Catalanes todos va a molestar…
Lo he reeditado para eso, para tocar las pelotas, como a mí el tema no me interesa, es provocación sin dolor, porque a mí no me duele. Yo creo que la función de un escritor también debe ser provocar. Cuando hay un tema doloroso hay que afrontarlo.

¿Ser irreverente?
La irreverencia es una forma de provocación; lo que ocurre es que siempre se celebra al provocador, al payaso de los otros, al propio no. Por ejemplo, a la gente aquí en Cataluña le encantó cuando a Dario Fo le dieron el premio Nobel (¡al payaso, al gran provocador italiano, al dramaturgo le han dado un premio Nobel!), o hay gente a la que le encanta Bernhard que dijo “No quiero que mi obra quede en Austria”. Hacen mucha gracia los payasos de los demás pero a los tuyos los machacan. Yo creo que la función de un escritor es jugársela, ocupar el puesto más audaz, llegar hasta el extremo, ver hasta dónde es capaz de aguantar la sociedad cultural, porque la democracia consiste en esto, en flexibilidad, y si es muy rígida tienes que intentar abrir agujeros o elasticidad para que sea más flexible.

¿Escribir siempre ha sido tu idea? Quizás cuando eres joven aspiras a otras cosas…
No sé a qué te refieres ¿a renovar la literatura? Yo siempre era muy práctico, yo aspiraba a editar el libro, porque hay gente que no aspira a eso, que escribe para sí misma y como se dice tradicionalmente a guardar lo escrito en un cajón (que en realidad debería decirse en un archivo en el ordenador)… Pero vamos, yo quería verlo plasmado en la práctica, verlo impreso.

¿Hace muchos años que escribes?
Se escribe desde siempre y publicar desde hace doce años. Es curioso porque siempre he aspirado a ver lo que escribo impreso en papel. Yo lo hago por el papel, porque me gusta, por cariño, porque me gusta ver eso: los libros. Si me dijeran que se ha acabado el mundo editorial y ahora todo se hace en digital igual me dedicaba a otra cosa.

¿No hubo otra profesión que te sedujera?
He tenido unas cuantas profesiones y muchas relacionadas con los libros. Las primeras no… bueno, la primerísima sí; era repartidor de periódicos, que aunque en realidad no tiene nada que ver pero para mí era muy importante que fueran periódicos. No era repartidor de pescados ni de pizzas. Así me pagué el COU nocturno, iba a un quiosco, me daban el paquete de los abonados cada día y lo tenía que llevar a su casa. Pero para mí era muy importante que fueran periódicos.

¿Hoy en día como es esa vida de escritor? ¿Cómo es el trabajo?
Cada cual lleva la suya…

Los ritos…
Suelo escribir por las mañanas, eso lo tengo claro. Hay gente que escribe de noche pero yo tengo la cabeza más clara de día. No soy animal nocturno, pienso más rápido por las mañanas y por la tarde ya estoy demasiado intoxicado de la vida; me importa demasiado lo que ha pasado a lo largo del día y me gusta escribir cuando el día no me ha contaminado. Por la mañana lo hago todo, si tengo que trabajar. Aunque yo a escribir no le llamo trabajar. Si tengo que escribir un artículo de encargo lo hago por la mañana. Por las tardes leo y ando… una vida ociosa, no me gano mucho la vida pero me va de puta madre. Por las noches lo que hago es ver películas. De chaval me crié que sólo había televisión por las noches y para mi ver la televisión por la mañana sigue siendo una excentricidad.

Suelo ver la televisión a partir de las 10 de la noche, porque ver películas es como soñar y esa concomitancia entre la hora en que te acuestas y la película es como soñar despierto para irte soñar a la cama. Es como ponerte sueños grabados. Ves uno y luego te vas a los tuyos.

Hablando de cine, ¿tienes preferencia por las películas antiguas o te gusta más el cine actual?
Yo soy muy de películas viejas por cómo me crié de chaval. Veía la televisión en una cadena pública y daban películas viejas porque eran las películas baratas, cine de los años 30 y 50 en los 70. Son las que me gustan y siguen gustando. Veo alguna película moderna, me gusta David Linch, y también el director de Nebraska, Alexander Payne…

Y volviendo a los libros, ¿Cómo ves la literatura? ¿A quién lees?
¿Qué pienso sobre la literatura en general o sobre la que se hace ahora o sobre cómo escriben los jóvenes? Es que me gusta repreguntar.

Sobre lo que se escribe actualmente.
Entonces, de la que se hace ahora, soy muy irregular, entro y salgo mucho en la literatura contemporánea, soy más de leer cosas raras antiguas, curiosas. Pero de repente me salta a la conciencia que no estoy leyendo a mis contemporáneos y me compro uno, lo leo y con eso ya tengo para dos o tres meses… ya me vacuno de contemporaneidad y vuelvo. Me gustan los libros raros. Por ejemplo, el otro día me compré en los encantes, en francés, porque estaba ahí, Las memorias del peluquero de María Antonieta. Y es curioso puesto que a ella le cortaron la cabeza y él sabía mucho sobre eso.

¿Y algún contemporáneo que te guste?
Monsiváis. Me encanta Monsiváis, me encanta Montalbán. Me encantan la gente que mezclaba literatura, periodismo, cultura popular, que tenía el oído puesto en la radio, las manos en el teclado y la vista en el periódico. Y “fuuun” atravesaban la vida inmediata, la vida cotidiana. Me encanta esta gente. Me encantaba Eduardo Haro Tecglen, que murió hace cinco o seis años o diez, vete a saber, ya he perdido la cuenta. Era un columnista que escribía en El País, que había sido el director de la revista Triunfo. Era un periodista que llevaba la sección de televisión de El País pero era experto en Política Internacional y hablaba de política internacional desde la sección de televisión. Y cuando se aburría de hablar de política internacional, hablaba de teatro, casi nunca de televisión y eso en la columna de televisión. Montalbán lo mismo. Fernando Poblet, que era un periodista de Radio Nacional que no sacó casi libros pero los textos que leía en la radio se los publicaban luego en Lumen. Me encanta la literatura fungible, la que se consume en el acto de escribirse, como la de Poblet. Él la escribía para leerla al cabo de una hora en directo por la radio. O los periodistas que escriben para que se lea al día siguiente. Monsiváis tiene un articulazo sobre el primer concierto de Rafael en México, es alucinante, es increíble. Ahora suena vintage pero él lo hizo en el momento, no lo hizo ahora, y era muy inmediato, era muy pop.

¿Y los escritores grandes, como Borges o, en México, Octavio Paz?
¿Los clásicos? Rulfo, sobre todo. Pero es absurdo empezar a dar clásicos porque los das todos. Son inevitables, por eso son clásicos, porque no puedes pasar sin leerlos, están ahí y te los encuentras a los quince y si a los quince te los saltas, te los encuentras a los veinte, y si a los veinte te los saltas, te los vas a encontrar…Y si te los saltas a los cuarenta, a los cuarenta y cinco te los encuentras, porque siempre dirás, “éste no me lo he leído”.

Pues al revés, ¿cuáles son infumables? De los escritores actuales.
¿Infumables?

Para saber lo que no hay que leer…
Te puedo decir lo que no voy a leer yo, no lo que no vas a leer tú. Tus infumables son distintos a los míos. Cada uno se fuma su tabaco, aquí no se invita a nadie, tío.

Tiendes a leer entrevistas a escritores y escritoras y de alguna manera te conformas lo que hay que leer y lo que no.
Al principio puede que sí, es como si vives en un piso alquilado, con los muebles, pero al final, el piso acaba siendo tuyo, tiras los muebles de los demás y pones los tuyos. Al principio también lees opiniones de escritores y cuáles son sus influencias pero al final se acaban imponiendo las tuyas… acabas descubriendo las tuyas.

Es probar, ¿no?
Es la vida.

A veces tengo la sensación de que es algo que no se debería hacer pero hay que hacerlo. No hay que leer entrevistas…
Hay que leerlas, hay entrevistas fascinantes. De repente coges a un gran entrevistador, entrevistando a un buen escritor y alucinas hasta dónde lo lleva. Hay que leerlo todo. Si está escrito, hay que leerlo. Es nuestro veneno, es nuestra droga. Podemos estar leyendo un cartel: “Sangría, zumo de naranja…”, los papeles que cuelgan con celo de los árboles y los buzones… hay que leerlo todo.

Aunque según muchos teóricos de silla de mármol, la sociedad ahora es más imagen, menos palabra.
Pero parece que es verdad. Que se vuelve a imponer la imagen. La gente ahora prefiere ver una teleserie que leer una novela buena o mala. Antes la gente se compraba libros, ahora la gente se compra la serie del año. Y es más la imagen, otra vez.

La pregunta es: ¿adónde va a parar esto?
No lo sé. Pero fijate adónde fue a parar la Prehistoria, el Neolítico… pues hasta la Revolución Industrial. Ahora, no sabemos dónde iremos a parar nosotros. Seremos diferentes, tenemos intuiciones. Mary Shelley lo intuyó, que se harían hombres con trozos de muertos. Es una intuición muy basta pero ahora, Cronenberg lo volvió a intuir de otra manera. Y en la medicina, se ve. Se pueden poner corazones creados artificialmente, te pueden poner prótesis artificiales, la “nueva carne” se llama eso.

Impresión 3D de órganos.
Yo de eso prefiero no saber. No tengo la capacidad fabuladora, creo que no la ha tenido casi nadie. Incluso los autores de ciencia ficción acertaban en otras cosas. Pero no en las formas, las formas son imprevisibles.

Y eso, ¿por qué ha venido?
Porque nos hemos juntado a tomar café, tío.
Vaya ganas de hablar. Me habéis dejao sin oxígeno.

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