Ella viaja sola por Belisa Bartra

“Viajero: un ser en movimiento constante, un extranjero perpetuo

que, como tal, contempla la realidad con ojos nuevos.”

David Roas, fragmento del prólogo de No tienen prisa las palabras.

“El extranjero. Aquel a quien los sonidos de la calle le alcanzan

un poco más tarde.”

Carlos Skliar, No tienen prisa las palabras.

“Recuerdo un día como hoy, me fui de casa a tocar rock’n’roll

y no volví nunca más […] todo lo que pude sentir, todo está sellado

en mi alma.”

Fito Páez, La rueda mágica

Desde el balcón de la segunda planta la vio salir del edificio.

—¿Estás viendo a esa mujer? —preguntó Mario a su amigo.

—Sí, es la sudaca que vive en el piso de abajo.

—Hostia, pues no tiene pinta de extranjera con esa piel tan blanca… ¿sabes de dónde es?

—No, pero tiene un acento raro.

—Ah, pero es que hablas con ella…

—No, me la cruzo cada día en la escalera, apenas me saluda y sigue su camino. A veces va con un chaval que tendrá unos cinco años.

Mientras tanto, la mujer caminó hasta la esquina y se detuvo, distraída con su teléfono móvil; parecía sumergida en el aparato, escribía rapidísimo, «como pez en el agua», se dijo Mario, «un pez electrónico, cibernético». El cabello, larguísimo, gravitaba en sus hombros para deslizarse luego por su espalda. En algunas culturas el cabello implica fuerza, valor; se preguntó si en el caso de esta mujer sería así.

Se preguntó cómo sería, de dónde vendría, por qué habría llegado a España y qué hacía. ¿Habría vivido en otros sitios hasta decidir que este era el que le ajustaba mejor, o habría venido desde su tierra directamente a esta? «Supongo que parte de su familia será de aquí porque tiene facciones bastante europeas, mezclada seguro, porque en esos países, donde estuvieron nuestros antepasados de cacería, el mestizaje fue brutal».

Le costaba entender a esos seres inquietos, esos viajantes incansables. Por ejemplo, no podía comprender a los conquistadores, tan aventureros, así como tampoco a esos inmigrantes, tan arriesgados. Para él la ocupación de viajero era peligrosa, errática, en eso se la pasaban toda la vida, de un sitio a otro, del pasado al presente, del timbo al tambo, del aquí al allá y de este último al más allá. ¿Por qué iba uno a ir de un sitio a otro buscando lo que no se le ha perdido? En un intento de empatía, dejó que penetrara la duda: quizá era simplemente algo que no se había encontrado, en algunos casos se podría llamar esperanza, en otros alegría, también se podría afirmar que los viajantes no buscan nada que no pudieran encontrar en sí mismos si se tomaran la molestia de buscar bien.

Mario se preguntó cómo alguien podía abandonar su propia tierra, su patria, que es como decir la madre. ¿Cómo habría podido alejarse de todo su mundo, de lo conocido, de lo amado? Él se sentía incapaz de lanzarse de esa manera al vacío y decidió que aquélla era una mujer valiente. La observó un rato más, hasta que desapareció de su vista cuando la luz del semáforo señaló el paso peatonal.

Horas después, cuando bajaba las escaleras del edificio, supo que la mujer había regresado a casa porque a través de su puerta se escuchaba a Fito Páez mezclando su voz con la de ella. Los dos sudacas cantaban: «…un sueño con el Liverpool bar y ella que siempre se va, una foto de los Rolling Stones, mi vieja nunca los escuchó y no me puse a llorar…».

Ya en la planta baja, decidió husmear en el buzón de correos. Se podía leer su nombre impreso en una etiqueta blanca: Isabel Leal. No le sonaba a nada extranjero.

«…los días en cualquier lugar, perdido en una inmensa ciudad, en una rueda mágica…».

Por la rendija del buzón se veía el borde rectangular de un sobre donde pudo reconocer el logotipo de Carrefour. Con los dedos haciendo una pinza extrajo el sobre por la ranura y leyó su nombre completo, así descubrió su segundo apellido: Morillo. «Coño, eso suena a moro… Morillo es un moro chiquito. No es que sea racista, es que los extranjeros son tan distintos».

«…recuerdo un día como hoy, me fui de casa a tocar rock’n’roll y no volví nunca más…».

Cuando Isabel tomó la decisión de dejar atrás su país, lo hizo con la intención de huir de los pedazos de patria que amenazaban con caerle encima y aplastarla. Afirmaba que no podía vivir en un lugar donde se sentía asfixiada por la falta de oportunidades, simplemente no encontraba la manera de mantener firme la esperanza en la mano para evitar que ésta se le escapara como si fuese arena. Y se fue. Le molestaba aquello de “madre patria”, pero escogió una ciudad española situada a unos diez mil kilómetros de distancia de su presente, que entonces le daban la sensación de estar más bien en otra galaxia.

Isabel bajó las escaleras, con una bolsa de basura en la mano izquierda y las llaves de su casa en la derecha, para encontrarse con un hombre de unos treinta y tantos que, ceñudo, observaba una carta. Él, absorto en sus pensamientos, no sintió los pasos que se acercaban hasta que comenzó el interrogatorio:

—¿Eres de correos?

—No… —Mario sintió cómo la sangre se deslizaba bajo la piel de su cara hasta hacerla arder.

—Pero esa carta es mía, ¿no? —no lo dijo con mucha seguridad, pero en realidad sí estaba segura.

—Sí, es tuya —Mario tragó saliva pero le pareció que era como engullir una bola de papel arrugado. ¿Cómo explicarle a esa mujer que su estrambótica curiosidad era inofensiva? Tras unos cinco minutos de engorrosas explicaciones, de hablarle sobre el interés que le provocaba lo lejano y lo ajeno, Mario se atrevió a preguntar:

—¿Por qué estás en España?

Ella también se había preguntado eso, especialmente en los días que pasó de vacaciones en su propio país, recorriendo las calles de la infancia disfrazada de turista. Y mucho después, cuando regresó a España. Los viajes de ida y vuelta que ya no se sabe dónde empiezan ni dónde terminan, o si acaso empiezan o terminan.

«El viaje al origen, o el regreso al pasado, o viajar al olvido, o cualquier cosa que se le parezca al hecho de regresar al país que uno dejó atrás, que uno siente que traicionó porque lo dejó así como a un amor despreciado. Uno se excusa con eso de que no eres tú, soy yo, y es así, no eres tú, país amado y abandonado, soy yo, que no me hallo, que no me encuentro dentro de mí misma cuando estoy dentro de ti y tengo que salir de tus entrañas y largarme a una patria adoptiva, que hace mucho tiempo fue una madre impuesta pero que hoy me enseña a extrañar ese vientre materno que es mi propio país pero a la vez, sí, también, a amar la casa ajena, y hasta a hacerla propia». Isabel había escogido esa ciudad, pero sobre todo ese país, porque asumía que una parte de él le correspondía por derecho propio, porque tenía sangre mezclada y porque aunque madre no hay más que una, también hay abuelas, que son madres de las madres. Para ella, España era la abuela patria.

 

—¿Por qué estoy en España? Pues mira, chico, yo estoy aquí en la reconquista.

 

«…todos ya nos fuimos de aquí, todos ya nos fuimos de casa… todo lo que pude sentir, todo está sellado en mi alma».

[revista completa]

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