El flaco del Alma por Toni Carrera

La lágrima asoma por un ojo de Fulano de Tal (los dos ojos se clavan bruscamente en el suelo). Se trata de una lágrima de ésas que escuecen, de las que parecen salidas del núcleo mismo de la Tierra, y bien: puede que esta lágrima no haya surgido del centro del planeta, pero desde luego Fulano la ha sacado desde muy adentro de sí. Él la siente sofocando el lacrimal, iniciando su viaje a lo largo del pómulo, aunque está demasiado absorto pensando en otras cosas, sobre todo en la pregunta que acaban de hacerle. La ha estado esperando de antemano —cierto—, pero a Fulano le sigue pareciendo la pregunta más decisiva que le han hecho jamás. Se figura de lleno metido en LA encrucijada. La lágrima vence el pómulo y llega hasta la mejilla, y en este tiempo han ido y venido por su tarro toda clase de recuerdos, mezclados, inciertos, escurridizos. Fulano piensa que ha visto toda clase de imágenes, incluso cree que ha escuchado voces durante el silencio que ahora mismo reinaba entre todos los presentes (no se oye ni mu; si alguien tosiera, se escucharía un eco, como ahora ocurre en algún lugar del recinto… ¿lo oís?) Fulano, por su parte, siente un gran peso en la nuca, el tonelaje de toda su familia y el de todos sus amigos esperando que dé el siguiente paso. Estamos todos a su espalda, sentados. Le observamos a él: está de pie y empapado está su cuerpo.

 La lágrima; el sudor; las dudas. Fulano no piensa en nada entero, su cabeza es un enjambre por donde zumban millares de piezas de un grandísimo puzle, como el recuerdo de su abuela pellizcando sus mofletes cuando los tenía rollizos (Fulanito era muy pequeñito entonces); o aquel otro: su madre empapándole el moflete con un beso mmmuá (Fulanito salía berreando de su primer día de cole); o recuerda cuando empezó el instituto, que coincidió con el paso de Fulanito a Fulano de Tal (se espigó, la cara le quedó más chupada y empezó a crecerle una especie de alfalfa, que más que barba parecía velcro); y también recuerda cuando aquel velcro se fue convirtiendo en la barba que acostumbra a dejarse el tal Fulano. Hoy, sin embargo, el tío se ha dignado a afeitarse, pero se ve que ha apurado de tal manera que el muy cafre parece el del anuncio de Gillete, lo mejor para el hombre, y es por eso que la lágrima no se detiene en la pelambrera que suele llevar, sino que discurre libremente por la piel de su mejilla. Los recuerdos de Fulano van que zumban. Muchos. Sin orden. ¡Bzzz! Recuerda ahora el primer beso que una niñita le dio en la mejilla, el primero en la boca, el primer coño que se comió. Y los presentes esperamos que Fulano abra precisamente su mentolado orificio, que permanece todavía cerrado. Cerrada. La vista de él al suelo. Por Dios.

 Fulano se siente ahora mismo un puntito, el engranaje de las rodillas ay se le está aflojando, una oleada de calor lo sofoca. Sigue pensando en la pregunta que acaban de hacerle, ¿y sabéis qué? Todos los presentes esperamos justo lo que Fulano duda tantísimo en decir, y mira que en realidad es muy fácil. Pero, en cierta manera, quien más y quien menos está viendo que Fulano se siente en pleno dilema. Exacto. Que Fulano veía un camino ante él. Recto. Pero ¡oh! he aquí un sendero. El sendero           —aunque sea un sombrío y angosto caminito que sólo plantearse ya le produce vértigo— lo siente de alguna forma su camino. «¿Me decido pues a tomar el sendero?», se pregunta. Aunque Fulano sabe que senderos como éste ha visto otros en su vida, y raras veces se ha atrevido siquiera a tantearlos (no señor, si lo ha hecho, siempre ha vuelto a tientas donde estaba el camino recto que llevaba), así que Fulano se repite que nunca ha hecho algo así, que nunca ha hecho algo así, con lo cual tampoco debería hacerlo ahora. No. ¿O qué? Todos los presentes le seguimos observando, el tonelaje se acrecienta en la nuca de Fulano. Jajajá. Nunca. No hay nadie que no piense: ¡Vamos Fulano!

 Su cabeza continúa gacha, se está convirtiendo en un enjambre todavía mayor. Preguntas, dudas, más zumbidos. Y más recuerdos… Un buen consejo que le dio un buen día su abuelo; después otro que le dio una amiga en la adolescencia; otro consejo que sacó de una canción en inglés; otro de algún libro; otro consejo infame de una tía abuela que le cogía por la barbilla y le obligaba a comportarse como es debido, ¿eh, Fulano? Y la lágrima —como cera cuando ésta se deshace— le lame el rostro hasta alcanzar la barbilla. Allí se detiene, gradualmente se perfila una gota cristalina y en este mísero tiempo a Fulano se le repiten otra vez todas las voces. Se confunden en una sola voz. ¿Se estará volviendo loco? No se plantea siquiera si lo que oye ahora lo ha leído. O si lo ha oído por la tele. En alguna serie. En alguna película. En algún debate. O tal vez en un concierto. Pero puede que no, que lo escuchara de algún amigo. En algún programa de radio. Durante la cena de Navidad. O yo qué sé. Puede que se esté volviendo loco como planteábamos en un principio y andando. La cuestión es que Fulano oye una voz y esta voz le dice claramente:

 

Lo que hay a tu lado no es el alma — ¿no sientes que todavía late carne en su pecho?

Y esto de aquí tampoco es el alma — ¿no sientes que todavía pide carne en tu mano?

Porque amar… Bien: digamos que tú estás queriendo, y queriendo es amando con reservas; lo que llamo amar tú lo llamarías locura.

Digno ser de regalarse está al alcance de muy pocos — amar de verdad, de muy pocos.

Y amar así no es don del ser modesto — no es tampoco el del ser vanidoso.

Y como está claro que aún ignoras que a un flaco nunca apuntan las flechas de Cupido yo te confieso que para ser digno de amar hay que estar dispuesto a nunca ser amado.

Cuando la lágrima se despega de la barbilla de Fulano, adquiere una aceleración de 9’81 m/s2. Pasa junto a la pajarita que tan bien ceñida lleva en el cuello. Muy cerca a su vez de la flor que luce en la solapa de su traje. Recorre el resto de los botones de su camisa blanca, sobrepasa el cinturón, luego vence todo el largo de sus pantalones de pinza y termina el viaje que inició en el lacrimal precisamente en uno de sus lustrados zapatos. Entonces —sin dejar de sentir el tonelaje de las miradas de todos y cada uno de los presentes— Fulano de Tal alza su cabeza, mira al frente, decide que ya no soporta más que existan dos caminos (que se dirigirá hacia uno), y responde por fin a la pregunta que le acaban de hacer:

 —Sí, quiero.

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