Diagonal, por Hugo Camacho

Cada vez le costaba más introducir la llave en la cerradura de la puerta de entrada de su casa. No es que el trabajo le gustase, pero hacía un tiempo que había empezado a alargar deliberadamente su jornada laboral para llegar lo más tarde posible. Frank estaba cansado de su mujer, sus tonterías y sus manías. Estaba hastiado de sus dos hijos, sus llantos y su hiperactividad. El simple gesto de hacer girar la llave para abrir la puerta se convertía en una tarea agotadora y se le llegaba incluso a agarrotar la mano.

Parado delante de la puerta como un escolar al que habían castigado de cara a la pared se intentó animar a sí mismo diciéndose que las luces estaban apagadas, por lo que ya estarían dormidos. No tenía que hacer nada más que entrar, acostarse y dormir unas horas antes de poder volver a escapar de allí.

Cerró los ojos, respiró hondo y entró.

Fue directo al comedor para dejar su maletín y su abrigo sobre el sofá, como hacía siempre, pero no lo encontró en su sitio. Más molesto que extrañado, encendió la luz. No había nada. Todos los muebles habían desaparecido. De los cuadros no quedaban ni los ganchos de los que habían colgado. La estancia estaba absolutamente desnuda excepto por las lámparas del techo que ahora alumbraban la ausencia.

Cuando hubo reaccionado, Frank se dirigió a la habitación de los niños para encontrarse con la misma estampa que en el comedor. No había rastro de los muebles ni de sus hijos. Observando la habitación infantil vacía, primero sintió miedo. Después un cierto alivio cuando un pensamiento cruzó su mente anunciándole, fugazmente, que quizá era el momento de ser libre. Entonces se sintió culpable y la culpabilidad se mezcló con el miedo para convertirse en desazón.

Tratando de sobreponerse se dirigió al dormitorio que compartía con aquella mujer que otrora no había considerado una extraña. Esta estancia también carecía de los elementos que la habían convertido en un lugar habitado, excepto por la cama de matrimonio. Estaba hecha, inmaculada, sin ninguna arruga que cruzase el edredón. A medio metro sobre la cama, suspendido bocabajo y en un ángulo de treinta grados había un hombre completamente quieto, rígido. Frank observó que no estaba sujeto a ningún tipo de arnés o cuerda y nada lo sostenía por debajo; alguna fuerza lo mantenía flotando a esa altura, completamente inmóvil. Simplemente estaba allí.

Fue incapaz de dirigirse a aquella presencia pues las palabras no alcanzaban a formarse no ya en su boca sino en su mente. Se agachó para poder ver la cara del sujeto y descubrió que era la misma que veía cada día.

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