Despertar del edén. Despropósitos del origen hecho presente por Berta Capdevila

La idea de origen es mito, ilusión. El ser humano no posee experiencia de tal cosa como un origen, pues su existir se ha dado siempre entre otros, en el seno de una comunidad que le precede y le condiciona, cuyo punto de partida permanece ignoto y su final, indeterminado. El mito del origen, junto con el del fin, sirve sin embargo para orientar su existencia temporal así como sus proyectos individuales y colectivos. Estos dos puntos imaginarios nacieron junto con la concepción lineal del tiempo, propia de la cultura judeocristiana, que se diferencia claramente de la del mundo entendido como un continuum cíclico e infinito, característica del pensamiento aristotélico.
Para proyectarse hacia el futuro, una sociedad que se siente parte de un cosmos cíclico gira siempre sobre su pasado, en cuya cadencia se puede anticipar el porvenir. El pasado ofrece claves sobre aciertos y yerros, sobre buenos usos y tradiciones que las nuevas generaciones deben tomar en cuenta para su bien hacer. En un mundo así nada es creado ex nihilo y el fin es la perpetuación de lo que siempre ha sido. En cambio, con el tiempo lineal nacieron también el origen y el fin, y una concepción de la vida como una proyección hacia un futuro siempre imprevisible que deja el pasado atrás como una estela.
En contraposición a las disyuntivas, la incertidumbre y las contingencias que plantea el periplo temporal, el origen se presenta en un estadio pre-temporal, como una unidad estable de pura potencialidad. El origen es independiente, surge de la nada, y en él está contenido todo lo que puede y tiene que ser. Es por eso que las culturas que se sienten lanzadas a un futuro impredecible no buscan referencias en las generaciones precedentes, con cuyas circunstancias no prevén tener que volver a lidiar, sino que se dirigen al origen, al génesis, en busca de las claves que dirigirán su rumbo. La contrapartida de este punto de referencia mítico es el final. Éste está igualmente perfilado por la imaginación como una entidad estable, esta vez post-temporal, que re- presenta toda la potencialidad de la vida ya realizada. El final de una vida desvela su sentido y ofrece la perspectiva adecuada para juzgarla, momento a partir del cual se restablece el equilibrio para toda la eternidad.
Los paradigmas cíclico y lineal no son mutuamente excluyentes, sino que conviven y se complementan incluso en nuestro tiempo. Pero lo cierto es que después de la Segunda Guerra Mundial se impuso en Occidente la idea de una historia finita, que permitía i- maginar un punto en que su barbarie llegaría al final y se alcanzaría un orden firme. La posterior degradación del comunismo y la integración de ciertos valores sociales en el capitalismo terminó en apariencia con la tensión entre modelos socio-económicos en lo que el conservador Francis Fukuyama quiso llamar “Fin de la Historia” en los años 90: un supuesto desenlace de la lucha entre ideologías que habría traído la estabilidad de manos de la democracia liberal. Esta idea fue criticada por algunos autores, entre ellos Jean Baudrillard, pero caló en el i- maginario colectivo y ahora la presente crisis ha empezado a desvelar algunas de sus nefastas consecuencias. Entre ellas se encuentran el fin de la consciencia sobre la multiplicidad del pensamiento, el fin de la controversia y por tanto el anquilosamiento del debate público. Y este efecto se ve agravado por la globalización del sistema que, mediante la deslocalización y el desarrollo del mercado financiero global, junto con la inexistencia de modelos alternativos, ha abarcado cada vez a más países y ha ganado en densidad y homogeneidad, menguando así los filones para la crítica y el contraste.
El mito del final traído al presente ha extendido también una sensación de “originalidad histórica” –nótese el engañoso vínculo semántico de la palabra originalidad con origen, cuando de hecho la originalidad debería ser siempre diálogo con la tradición– que desvincula la actualidad del pasado, con la ilusión de que nada tiene que decirnos. Este presentismo tan característico de la posmodernidad, que ha sido criticado por Fredric Jameson entre otros, al mismo tiempo que desvincula a la humanidad de la historia pasada la despoja de referencias para proyectarse en el futuro. Los valores y las prácticas sociales, las metas y los fines de cada generación, nacen de una forma de conocimiento que no está reglada ni sistematizada, sino que reposa en las instituciones, las convenciones y los juicios preexistentes. Se trata del conocimiento retórico, modelo propio de los saberes humanísticos que, con Giambattista Vico al frente, han tratado siempre de definir su terreno propio, a resguardo del imperio de lo racional-empírico. A través de su regulación interna y del criterio de falsabilidad, las ciencias han encontrado sus fuentes de legitimidad en sí mismas, pero en el caso de las humanidades –y en ellas incluimos desde la ética a la política o la jurisprudencia–, en las que tal regulación no existe o es mucho más laxa, la fuerza de sus argumentos debe reposar en algo externo a ellos, es decir, deben buscar apoyo en lo previamente establecido, ya sea para defenderlo, para criticarlo o para tomarlo como punto de partida de nuevas ideas. Así, para comprender el presente y conducirse en el futuro, todas las sociedades necesitan tener cons- ciencia del pasado y de su relación inextricable con él.
Tanto la idea de origen como la de final se encuentran en los cimientos del imaginario de una sociedad y cumplen en ella una función sana y necesaria, siempre y cuando sean manejadas con esa sabiduría de la ilusión que reivindicó Nietzsche. Las protologías y escatologías plantean preguntas acerca de nuestra razón de ser, de nuestras potencialidades y nuestros fines; preguntas, al fin, sobre nuestra identidad y el sentido de nuestra vida. Ellas activan los resortes de la moral y, aún cons- ciente de que no existen para ellas respuestas definitivas, en la tarea inagotable de buscarlas la humanidad se va definiendo. Pero así como estas ideas, situadas en un pasado y en un futuro ideales, tienen un efecto vigorizante, se convierten en potencias desestructurantes al ser traídas al presente. Creernos pobladores de un origen o de un final –a veces es difícil distinguir entre uno u otro– ha desdibujado nuestra relación con el pasado y la tradición pero también con el futuro: ha dado lugar a un progresivo debilitamiento de lo ético, es decir, a una falta de responsabilidad y de compromiso con las finalidades, de las que todo individuo y sociedad precisan para tomar decisiones y proyectar su existencia. La respuesta de la política a la presente tesitura es consecuencia clara de ello: desde erigir a la economía como juez supremo de la salud de una sociedad hasta apelar a la austeridad como valor supremo y fin en sí misma, las disquisiciones peripatéticas de nuestros líderes y sus desnortadas medidas son erráticas porque en ellas está ausente el debate sobre el para qué.
La disolución de la moral, de la verdad, de la historia, de las tradiciones, de los proyectos sociales e incluso individuales, ha vuelto líquido nuestro tiempo. Pero no nos dejemos encandilar por el brillo de la célebre metáfora acuñada por Zygmunt Bauman: nuestra época no puede compararse al agua fresca y viva de un manantial, pues al sa- carla del curso de la historia ha quedado empozada y en ella declinan ahora lo que antes fueron valores sociales activos y vivas propuestas políticas. Junto con una valiosa tolerancia, la alegre posmodernidad y su lema “todo vale” nos han traído una atrofia del discernimiento que ahora la crisis de Occidente empieza a patentizar. A ella debemos nuestro despertar del ensueño edénico en que estábamos sumidos, y está claro que para arrostrarla será necesario desempolvar la actitud crítica y la capacidad creativa. Esperemos que esta vuelta al tiempo y a la contingencia nos ayude a devolver las ideas de origen y de final al lugar que les corresponde, donde pueden ser útiles, y a restablecer la relación con el pasado y con la tradición para insuflar nueva vida a los valores, encontrar políticas alternativas y definir nuevos proyectos. Sólo así es posible arrojar alguna luz sobre un futuro que por ahora permanece inescrutable.

 

[revista completa]

Submit your comment

Please enter your name

Your name is required

Please enter a valid email address

An email address is required

Please enter your message

Acrocorinto © 2018 All Rights Reserved

http://acrocorinto.com/wp-content/uploads/2011/12/acrocorinto3.jpg

Designed by WPSHOWER

Powered by WordPress