Astronautas por Aina Sau

Esa luz nos había secuestrado para siempre, aunque nosotros todavía no lo sabíamos. Me sentía feliz descubriendo nuevos lugares con ella de la mano y envuelto por aquella atmósfera que olía a primavera. La Alhambra la sentía próxima como ella, su mano y su sabor a rosa fresca y limpia. Sus jardines y los olores que la vestían, la hacían, aun así, inalcanzable, áspera y fugaz como una mariposa, como un melocotón maduro derramando leche pigmentada.  Creo que jamás me había enamorado así de un instante, de un olor, de una postal, de un collage de sombras enterradas, música de preludios y postres demasiado fríos. El paisaje me abrumó de una forma turbadora, me envolvió como celofán arrugado y me hizo sentir como si fuéramos peces de escamas anaranjadas, zambulléndonos en un charco dorado, tal vez como meteoritos, incandescentes, radiando luz y rompiendo el agua. Sin saber por qué el día en que nos conocimos apareció en mi memoria, de repente y sin llamar.
Todas las mañanas me gustaba coger aquel autobús rojo. Al principio porque desde pequeño quise ser astronauta y el autobús era lo que más se le parecía, fuera del tiempo, del espacio, del mundo real. Se convirtió en el único momento del día que tenía para mí. Desde el espacio las cosas alcanzan otra perspectiva, y así era el autobús, mi nave espacial, para deshacerme por unos minutos del peso del mundo y de la gravedad. Luego fue por verla a ella, por jugar al juego de encontrar su mirada en el reflejo sucio del cristal. Porque su cara calmada me ayudaba a empezar mis días desde cero, me dejaba suspendido, anulado, como un péndulo en vilo. Y eso era lo que yo necesitaba para construir mis días, para tirar hacia arriba sin derrocarme cuando ya caía la tarde. Al final terminé por asociar, acertadamente o no, el autobús con ella. Me excitaba la sola idea de poder vivir mi vida en una casa-autobús, de terminar el trabajo y escabullirme en mi nave espacial, de dormirme observando el mundo desde lo alto, y de despertarme ligero y liviano en la órbita de al lado.
Ahora, fuera de nuestro autobús particular, nos encontrábamos sentados en un banco de madera que olía a castaño. Su sonrisa astral aún provocaba en mí pensamientos etéreos y una sensación de cosquilleo ingrávida y sutil. Le estreché la mano, blanca y escurridiza como la leche, la miré a los ojos y me asusté un poco: demasiada belleza para alguien con los ojos tan pequeños y los huesos tan frágiles. Una burbuja. Así la veía a ella, así de azul, de transparente, de todos los colores y ninguno, tan perfectamente geométrica y delicada, tan vítrea y preciosa, que cuando la tenías enfrente no sabías si la estabas viendo o recordando. Desde el principio asumí que jamás llegaría a conocerla de verdad. Dentro de ella había una especie de barrera, que debió de construir años atrás, por miedo, como forma de defensa, o tal vez por precaución. Y allí se había quedado, atravesada en algún lugar de los que no se conocen, haciendo raíces en tierra oscura y fértil. A menudo asaltaba mi mente el pensamiento de levantarme algún día por la mañana y no encontrarla en la cama porque se hubiera escurrido por algún agujerito del mundo y hubiera desaparecido, así, entregándose a la nada de una forma tan discreta y elemental. Por eso, todas las mañanas, cuando me levantaba para ir al trabajo le acariciaba con las yemas de los dedos su pelo corto y rojizo, como el de los soldados inconscientes, o palpaba las deliciosas pecas de su nariz, para asegurarme de que aún estaban en su sitio, que no se habían convertido en motas de polvo por culpa de las noches.
Ella deslizó su mano hacia su falda verde oliva, que dejaba entrever sus rodillas, blancas y aterciopeladas, redondas y gruesas, en discordancia con un cuerpo demasiado flaco, y tan pequeño que a veces me entraban ganas de llevarla plegada en el bolsillo de mi camisa. Sus dedos delgaduchos y sus uñas color rosa pálido se encargaron de alisar los pliegues de la falda. Hacía siempre eso, era una especie de tic, o de adicción, como cuando yo me encendía un cigarrillo. El protocolo consistía en alisarse la falda, con las dos manos al unísono, repetidas veces, con lentitud, y luego inclinar la cabeza hacia el suelo con la mirada perdida mientras se tocaba con la mano derecha los pelos cortos y puntiagudos del cogote. Normalmente hacía este ritual cuando quería hablar. Siempre he pensado que por eso jamás decía nada fuera de lugar, porque pensaba las cosas mientras se alisaba la falda.
-¿Nos levantamos?
La miré, estaba sonriendo con su boquita de almendra, dejando al descubierto sus dientes diminutos y perfectos. Era maravillosa.
Nos alzamos y continuamos nuestra visita hacia los jardines del Gene- ralife. La luz era puro oro y se oían los clicks de las réflex de los turistas, en medio de este circo primaveral. Me quedé atrás, observando cómo ella se quedaba inmóvil, con la vista fija a un nenúfar blanco que flotaba en medio de un pequeño estanque. Pensé que ella era como aquel nenúfar y el resto del mundo éramos las carpas doradas que nadábamos sin rumbo fijo por el estanque, sin que el nenúfar se inmutara, manchando de rojo las aguas verdes por el plancton.
Paseamos entre mirlos y pinzones, cuyos cantos se enredaban en el aire y en el pelo, confundiéndonos y aturdiéndonos como un anestésico. Los cabellos de ella eran más rojos que nunca, a la luz del último sol, pero no por eso la veía menos débil. Sus mejillas empezaban a enrojecerse, a causa de su piel sensible, y se alió a la sombra de un nogal, mientras sacaba de su bolso descolorido la botella de agua con gas que siempre llevaba encima. Sus sorbos parecían de gato blanco, recién nacido y asustadizo. Mientras bebía, de una forma tan delicada que sus gestos se confundían con el temblor miedoso de las hojas, podía intuir su pequeña lengua rosa asomarse de su boca entreabierta, hidratándose, como un cachorro.
La noche y los fantasmas llegaron de la mano, y trajeron algún búho, las estrellas y el color lavanda. Llevaba un rato observando cómo había empezado a tiritar de la manera más dulce. Hubiera podido ser una hoja plateada de cualquier narciso, bañada por miles de lluvias. Ya casi no podía divisar su silueta, creo que la oscuridad se nos había metido hasta en los bolsillos. Se alejaba, así, de forma natural como un paseo. Pero yo no volvería a gritar, a esperar en azul oscuro, a verter mis sueños en un pañuelo a rayas. Me quedé inmóvil, asustado y perdido como un niño, dejándola ir, para que se fundiera con las violetas y la  soledad, cubierta de todos sus sueños. Creo que me quedé sin voz y con los labios rotos. Me hubiera acostado allí mismo, en medio del inmenso jardín, y hubiera estirado de la noche como se estira de una manta. Cerré los ojos para no ver cómo desaparecía para siempre de mi vida. A lo lejos escuchaba a alguien tocar con la guitarra una canción de Camarón. Advertía una voz femenina cantar, desafinaba un poco. Me sentía solo, pequeño, terrestre. Los ojos me pesaban y me invadían el cuerpo una niebla espesa y un cansancio atroz. Mientras me perdía con la letra de la canción, pensé que sólo me quedaba ese banco en el que estaba recostado. Y hacerme invisible por amor, por noches, por tangos… porque al verte las flores lloran.

 

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